Y
después...
«El
día siguiente lo empleé en recorrer la ciudad como turista.
Volví a entrar en el Pórtico de la Gloria y a recorrer
la catedral. Di los tres coscorrones al maestro Mateo, puse los cinco dedos
en el parteluz y abracé al Santo. Me llamaron mucho la atención
los cafetines que aún se conservan con cierto aire de principios
de siglo; quizá rememoran un poquitín las cuadras donde llegaban
los peregrinos y se juntaban a hablar; la gran cantidad de caños
de agua que se distribuyen por el centro de Santiago.
«Me
volví
a encontrar, por cierto, porque la había conocido el día
de la llegada en la catedral, con una chica belga, estudiante de Lengua
y Literatura Española, que hacía el Camino por segunda vez
y andaba ahora con sus padres y una fotógrafa haciendo un reportaje
que se iba a publicar en no sé qué revista. Me dijeron que
habían visto al abuelo y al nieto ciclistas que nos encontramos
en Castrojeriz; pero yo no los vi. En general los peregrinos no se notan,
confundidos tal vez con los turistas que recorren la ciudad.
—¿Y
qué sensación se tiene paseando por Santiago después
de haber llegado —pregunta el veterano.
—Una
rara sensación. Anduve por la ciudad como drogado, como si aún
no me creyera que ya había llegado después de todo lo que
nos había pasado, abrumado quizá por la soledad que se inició
en Ponferrada. Esperaba haber encontrado a la canaria o haber trabado amistad
con alguien, al menos como nos pasó durante el camino; pero allí
todo parecía extraño y la canaria no aparecía.
«Ese
día fui a comer a la Cocina Económica, en la rúa Traviesa;
allí van a comer los pobres y algunos peregrinos; ponen unos platos
colmados de primero; la gente suele repetir, para que te hagas una idea
de lo picaresco... Ponen caldo con alubias, caldo gallego, por la mañana
y por la noche, luego huevos fritos con pescado o mortadela; y por la noche
vuelven a poner lo mismo, huevos fritos o tortilla. Allí comí
y cené; a la cena invité a unos peregrinos que encontré
en el Seminario Menor que no tenían dinero; me habían hecho
una fotografía y eran unos tíos salados, además era
una manera de no estar solo.
«Más
tarde, por la noche, mientras daba una vuelta, me vi sorprendido por un
espectáculo de la Compañía Nacional de Danza Lírica
en la plaza de la Quintana, detrás de la catedral, que se daba con
motivo de las fiestas de Santiago; estuvo muy interesante, aunque hacía
un frío que pelaba y no habría más allá de
trescientas personas. Pero fue entonces, justamente cuando menos lo esperaba,
que se me acercó una chica y me dijo: Tengo frío.»
—¡La
canaria! —exclamó el veterano.
—Sí,
por fin era la canaria —dijo con sonrisa amplia y pícara el joven—.
Me preguntó que dónde me había metido, yo le hice
la misma pregunta y nos echamos a reír. Enseguida me dijo que tenía
una habitación doble en la que había pasado mucho frío
las noches últimas. Así que me fui con ella dispuesto a calentarla.
—¿Y
qué tal?
—Bien;
muy bien. Me quedé dos días más y me guió por
todo Santiago enseñándome y explicándome un montón
de cosas de las que yo ni me habría enterado. Desde luego no cabe
duda que esa es la mejor manera de ver y conocer una ciudad —añade
socarrón el joven—. Fue muy agradable. El último día,
cuando ya nos íbamos a despedir, porque ella tenía que subir
a La Coruña, le pregunté por qué hacía aquello.
Entonces me miró con una mirada muy brillante (yo me acordé
de ti y me dije a mi coleguita le volvería loco una mirada así)
y me dijo: «Por la misma razón que tú y tu amigo hacéis
el Camino.»
«Y
eso fue todo. En la cantina de la estación, mientras esperaba el
tren, conocí a un médico de Madrid, profesor en la Facultad,
que en los tiempos de Bahamontes había hecho algo de medicina deportiva
y estuvimos viendo el reportaje del Tour y charlando un poco.
«No
hay más.»
La
noche del día 25 de 1988 Santiago era una fiesta, con actuaciones
oficiales en algunas plazas, incluida la informal o libre de la tuna, pero
la auténtica fiesta estaba en las tabernas donde corría el
Ribeiro en tazas de loza blanca. En una de ellas el peregrino mayor se
encontró a Salvador, un antiguo compañero, que dijo que él
era de Santiago, de esa calle y, concretamente, de esa taberna.
El
martes 26 está nublado y llovizna cuando el peregrino mayor y su
gente inician el regreso, pero en cuanto pasan los puertos de Piedrafita
(increíblemente bajándolo en coche al peregrino le pareció
el puerto más duro que subiéndolo en bicicleta) y del Manzanal
cambia el cielo, termina la llovizna y el sol inclemente se vuelve a enseñorear
del paisaje que se hace pardo y polvoriento. Santiago queda atrás,
pero viaja en las retinas y el corazón.
Algunas
conclusiones
—¿Y
en conclusión? ¿Qué has sacado en limpio? ¿Merece
o no merece la pena?
—Merece
la pena. Aparte de la canaria, que, bueno, también forma parte de
todo lo que puede dar el Camino; merece la pena por el esfuerzo personal,
por la superación que de uno mismo supone; no es lo mismo la ruta
del románico que la ruta de Santiago; se suben las cuestas con una
ilusión distinta; es la ilusión de llegar a Santiago. Quizá
la espiritualidad del Camino lo gana a uno como decía Ángel,
el tipo que me encontré en Samos. No es lo mismo evidentemente para
un chaval de dieciocho años que está descubriendo el mundo
y busca una convivencia y unas experiencias nuevas que para nosotros. A
mí el Camino no me ha cambiado nada; no esperaba que me cambiase
nada, pero me ha hecho reflexionar. Yo creo que lo importante es ir al
Camino sin ideas fijas, con la mente limpia, dispuesto a ver y a aceptar
todo. La llegada a Santiago, aunque no seas creyente, emociona; porque
te sientes solidario con la comunidad cultural que forjó el Camino,
incluso con los que hoy hacen la peregrinación por motivos estrictamente
religiosos. Y lo que me ha parecido muy positivo es que te ayuda a escuchar
a la gente sin descalificarla; que cada uno hace el Camino por unos motivos
particulares y que todos los motivos son válidos, desde el que se
mueve por la fe hasta el que lo hace por una especie de reto deportivo
o por simple pasatiempo turístico; porque todos ponen sus ilusiones
en ello. Está claro que hoy ya no es como en los siglos XI y XII,
aunque se den casos como el de un polaco, que me dijeron que había
venido desde Polonia andando y se había vuelto andando, o el de
un catalán que lo había hecho descalzo y sin dinero; pero,
bueno, esos son peregrinos raros que incluso huyen de la gran movida y
de la mayoría, y se apartan de la gente. Yo creo que la espiritualidad
del Camino se encuentra en el Camino mismo, en la ilusión que cada
cual pone en la empresa.
—Efectivamente,
y que nadie tiene el monopolio de la espiritualidad.
—Claro.
En cambio el padre hospedero de Samos pretendía que el Camino sólo
se debe hacer por motivos religiosos y no por razones turísticas
o deportivas. Yo creo que eso hoy no tiene sentido. Lo importante es el
encuentro con gentes diversas.
—Sí,
tal vez esa sea la idea fundamental; la necesidad del encuentro y comunicación
con gentes de distintas culturas o naciones para ver que en el fondo todos
tenemos los mismos anhelos y carencias, que todos somos humanos.
—Probablemente
fue eso lo quiso decirme la canaria, Angela, cuando me dijo que hacía
aquello por la misma razón que nosotros hacíamos el Camino.
—Sin
duda. Sólo el amor nos puede dar seguridad en nosotros mismos devolviéndonos
la conciencia de que vivimos.
—Yo
creo que, si nos quedamos sorprendidos en Frómista al escuchar el
himno que cantaban los franceses de Aix-en-Provence y yo luego en Cebreiro,
aunque cantasen peor, fue porque evidentemente aquello te contagia algo,
un poco de hálito, y que aquel padre hospedero no siempre tiene
razón; quizá está un poco marcado por su mundo de
ritos y creencias.
—Como
el párroco de Monreal que tanto insistía en que tal vez buscásemos
a Dios... Tal vez lo buscásemos; pero Dios es el Innombrable, el
Inencontrable; Dios está donde está la gente alentando la
ilusión de la vida, que ya lo dijo el Cristo.
—Yo
dividiría el Camino
en tres tramos: El
primero hasta Logroño más o menos, el Pirineo y La
Rioja, es la parte europea del Camino, las vivencias de una comunidad religiosa
y cultural, los restos del carlismo, aunque esto sea una cuestión
aparte, la belleza de un paisaje verde y rojo. Luego, hasta Astorga,
la Meseta, dura y despiadada, con las grandes catedrales como una alucinación
en la soledad del páramo; la Meseta es como un desierto inevitable.
Y
por último, Galicia; Galicia es el reencuentro con la gente
y la sorpresa del mundo rural, la vivencia humana más que religiosa.
No sé si volveré al Camino; pero sí estoy seguro de
que volveré a Galicia. En Galicia no hace falta ir a las iglesias
porque lo que importa está en las calles, en el campo, en las aldeas;
aunque cada vez hay más tractores y las tradiciones se pierden.
—Está
claro que tengo que volver a Ponferrada y hacer lo que me queda del Camino.
—Sí,
porque Galicia es otro mundo y hay que verlo antes de que se acabe.
Pero
quizá el peregrino mayor ha pasado por Galicia con la obsesión
de Santiago, con el ansia de Santiago, de llegar a Santiago, y no ha visto
las cosas y las gentes que ha visto el menor. Acaso tenían razón
aquellos caminantes que decían que no se puede hacer el Camino en
bicicleta, que el Camino es para hacerlo a pie, pero el peregrino siente
pánico de meterse a pie en la Meseta. |