PRIMERA PARTE
 
 
 

 Es casi medianoche cuando los peregrinos llegan a la estación de Canfranc, en el Pirineo aragonés. Llueve y hace un calor inesperado. Entonces, abrumados por los bultos de las bicicletas y del equipaje, los peregrinos se dirigen al hostal Barrueco que acaba de indicarles una pareja de guardias civiles.

 Allí encuentran alojamiento y se quedan embelesados contemplando los tobillos de la chica que les muestra la habitación; una morena pequeñita de mirar estrábico, muy delgada, de finos tobillos, que asoman incitantes por debajo de una amplia falda blanca.

 —¿Tienen habitación doble? —ha preguntado el peregrino mayor en la cantina del hostal que a esa hora, doce de la noche, está animadísima.
 —Espere un momento que eso lo lleva Jaime —ha contestado el joven de la barra y se ha ido a buscar a Jaime. Cuando vuelve al cabo de un instante dice que sí hay habitación, que Jaime le atiende enseguida.

 Sale el peregrino a informar a su compañero, el peregrino menor, que se ha quedado guardando los bultos del poder disolvente de la noche, y al entrar de nuevo encuentra que Jaime se ha metamorfoseado en delgada muchachita de cosquilleante mirada estrábica. Jamás hubiera sospechado el peregrino que la noche tuviera aquellos poderes.

 Subiendo la escalera hacia las habitaciones numeradas el peregrino se recrea en el balanceo de las caderas de Jaime, en los finos tobillos que le sostienen las piernas y en el misterio que oculta su larga y amplia falda blanca.

 Ya en la habitación, la habitación 115, donde está encendida la calefacción (¿o son las tuberías del agua caliente?) y hace un calor tremendo, los peregrinos se miran contentos y satisfechos del buen comienzo que ha tenido el prólogo de su aventura. Ya sólo queda montar las bicicletas y echar a rodar camino adelante. Toda la incertidumbre de la preparación y del encaje de las fechas queda atrás; atrás quedan los días de entrenamiento y de puesta a punto del material (ruedas nuevas y un piñón con una corona de veintiséis dientes ha puesto el mayor en su bicicleta por el temor de la carga y de la subida del Piedrafita).

 Atrás ha quedado también el viaje desde Madrid: La salida horrible por Torrejón y Barajas, entre naves industriales, vertederos y chabolas, el cielo gris por Guadalajara, la estampa romántica y barroca a la vez del castillo de Jadraque, iluminado por un rayo de sol, recortándose sobre un cielo de tormenta; los barrancos en la divisoria del Henares y del Jalón; la tormenta que estalla al llegar a Zaragoza. Y la bronca del revisor que subió en la estación de Zaragoza; porque el reglamento no permitía los bultos de las bicicletas que no tenían consideración de enseres personales.

 —Pues su compañero no dijo nada —le replican los peregrinos.
 —Yo no soy mi compañero y el reglamento es el reglamento.
 —Pero si los bultos no molestan a nadie —aventuran aún.
 —El reglamento no lo permite —insiste reglamentario y puntual el revisor.

 Pero ya todo es lluvia y noche.

 
 
 
 

 Día primero
 
 
 

 A las 6.30 un estruendoso piar de pájaros despierta al veterano y el peregrino, que viene de la capital del reino ruidosa de motores y de kilovatios en alta fidelidad, agradece semejante despertar; se asoma luego a la ventana y ve un jardín plantado de abetos húmedos y un cielo cubierto de nubes grises. Es la hora de ponerse en marcha.

 A esa hora, sin embargo, sólo una mujer barre y pone orden en la cantina (¿cómo será a esa hora el sueño de Jaime, la muchachita de mirada estrábica y tobillos extrañamente sensuales?).

 —¿Podríamos montar las bicicletas aquí? —pregunta el peregrino mayor.
 —Mejor se van ustedes al vestíbulo que está solo —responde la mujer.

 Y en el vestíbulo, con tarima brillante de cera, sillones oscuros de napa y puerta de cristales acaramelados, organizan los peregrinos el taller donde desembalan y montan las bicicletas. La tarea se prolonga lo suficiente como para que al final el pequeño vestíbulo sea transitado por los huéspedes, todos franceses, del hostal que miran con sorpresa a los peregrinos.

 —Son geólogos que han venido a limpiar las piedras —dice la mujer que les sirve el desayuno en la cantina.

 Por fin a las nueve de la mañana, después de hacerse una fotografía testimonial ante la estación de ferrocarril de Canfranc, monumental, enorme, con aspecto de gloria ya olvidada, los peregrinos emprenden ilusionados y prudentes (no están acostumbrados a llevar alforjas en la bicicleta y temen no calcular adecuadamente la entrada en las curvas) el descenso hacia Jaca. La mañana está fresca, el cielo anubarrado y el valle húmedo y verde.

Jaca, la antigua capital de los reyes de Aragón, tiene quizá el primer templo románico del Camino, en el espacio y en el tiempo, y allí aparecen el taqueado y el capitel de bolas que luego se extenderán a otros templos. Allí admiran los peregrinos sus tres naves de columnas y pilares alternados y la clara armonía de sus capiteles historiados, y en el despacho parroquial reciben, cumpliendo un rito secular, la carta que acredita su condición de tales y la bendición delegada del obispo.

 De nuevo la carretera que desciende suavemente siguiendo el curso del río Aragón. Los peregrinos, que han soñado con la aventura durante el último mes, casi no se lo creen y pedalean eufóricos mirando con ojos nuevos el paisaje verde, la mies amarilla y los farallones rojizos, coronados de apretado bosque, que flanquean el valle y se recortan contra el cielo azul. Hasta que aparece Berdún, encaramado en lo alto de una colina, y los peregrinos deciden conocer sus calles y casas; pero al tomar el ramal de la carretera que conduce a ellas el peregrino menor se distrae leyendo una pintada contra el embalse de Yesa («El pantano nos ha quitado las tierras»), pierde el equilibrio y cae al suelo. Consecuencia: rotura de la palanca del cambio. El peregrino menor tendrá que subir arriba moviendo una corona de catorce dientes o echar pie a tierra, en tanto que el más veterano agradece haber puesto una de veintiséis en el piñón de su bicicleta.

 —¿Hay por aquí un taller de bicicletas? —preguntan los peregrinos en el pueblo, más que nada por preguntar.
 —No, señor —les responden—. Eso no lo encontrarán ustedes hasta Sangüesa.
 —¿Y qué distancia hay hasta allí?
 —Cincuenta kilómetros.

 Que sumados a los cincuenta que ya van rodados hacen cien, justo en el límite de lo previsto. Porque los peregrinos han calculado que harán el Camino en trece jornadas, como el monje Aymeric Picaud, que lo hizo en el siglo XII, a una media de 75 kilómetros diarios que, según los días, podrían llegar a cien. Parece, pues, aunque los peregrinos pensaban quedarse en Yesa o Liédana, una distancia accesible; pero el calor comienza a apretar y el desayuno ha sido muy ligero, imprudentemente ligero, con lo que los peregrinos llegan a Sangüesa a las cuatro de la tarde al borde de la pájara, ese desfallecimiento tan temido por los ciclistas.

 Mientras el peregrino menor se ducha, el mayor, derrumbado en la cama de una pensión, recapitula las vivencias de la jornada:

 El pantano de Yesa de aguas grises como la tierra calcinada y calcárea que atraviesan; los trigales amarillos; Escó, un pueblo sobre un cerro de yeso, fantasmal como un sueño de El Bosco, cuyas gentes emigraron cuando el embalse los dejó sin tierras; Tiermas, también encaramado sobre una colina y asomado a las aguas del embalse, al pie de la cual hay un camping donde los peregrinos se refrescan y recaban información sobre si conviene o no llegar a Sangüesa por Javier. La conclusión es que no conviene; porque hay que pasar un puertecillo de duras rampas y la avería que lleva el menor de los peregrinos no lo permite.

 PorYesa, a las tres de la tarde, hace un calor canicular y en el pórtico de la iglesia descansan otros peregrinos que hacen el camino a pie; pero el veterano y su compañero más joven persiguen la meta de Sangüesa como una obsesión, apremiados acaso por la necesidad de encontrar un taller; pensando que, si se detienen a comer y descansar luego, serán incapaces de moverse después; confundidos por el anhelo de llegar.

 Y por fin Sangüesa, la de Santa María de fantásticos relieves y las casonas blasonadas de aleros muy volados.

 Están los peregrinos tan cansados cuando llegan que, aparte de que ya no hay restaurantes abiertos, el cuerpo no les admite nada sólido y así cada uno se bebe una botella de yogur. Luego se dedican a deambular por la ciudad y a buscar un taller de bicicletas. En su deambular encuentran a don Vicente Villabriga, que paseaba la calle Mayor encorvado, arrastrando su descolorida y añosa sotana, y les explica la portada de Santa María con una retórica, énfasis y mímica inimitables.

 —¿Les pidió dinero? —pregunta más tarde a los peregrinos el cura párroco de Santiago que selló la credencial firmada por don Vicente.
 —Sí; nos pidió una limosna para la iglesia.

 Entonces el párroco hace un gesto que el peregrino se atreve a traducir por: «Este don Vicente no tiene arreglo. Ojalá Dios no se lo tenga en cuenta.»Sin embargo, la perorata de don Vicente merecía esa limosna y otras más por su erudición, gracia y eficaz didáctica que el peregrino se siente incapaz de reproducir; recuerda, no obstante, la insistencia del cura en destacar cómo la portada de Sangüesa es la primera en representar al apóstol Santiago como peregrino colocándolo hasta tres veces por delante de San Pedro en el escalafón apostólico y la única en representar a Judas el traidor; también recuerda la variopinta imaginería de los relieves, compendio de todas las influencias, nórdicas y orientales, del románico.

 Se retiraban ya los peregrinos cuando ven pasar a una joven pareja cargados ambos con mochilas enormes y de inmediato se van a su alcance.

 —¿Estáis haciendo el Camino? —preguntan.
 —Sí, salimos de Somport hace cuatro días.
 —Nosotros también lo hacemos.
 —Ah, pues entonces os estábamos buscando.
 —¿Cómo es eso?
 —Es que el cura de Santa María nos ha hablado de vosotros.

 Se ve que don Vicente se ha erigido en recepcionista de peregrinos.

 —Tenemos calculado llegar a Santiago en cuarenta días —precisa el muchacho y añade—: Si el dinero nos alcanza.

 Los peregrinos, felices de este primer encuentro, toman unos refrescos juntos y se despiden deseándose suerte. Inmediatamente comienza a llover.