SEGUNDA
PARTE
| Para la redacción
de esta Segunda Parte fue fundamental la informacion oral y los textos
de Jesús Mª Ruiz
Villamor, el
peregrino menor, sin cuya colaboración el relato del viaje habría
quedado incompleto. |
Cuando
se separaron en Ponferrada, el veterano recomendó a su compañero
que se uniera al grupo de los madrileños y no siguiera solo, porque
no acababa de fiarse de su bicicleta ni de su inexperiencia («Tú
en mi lugar ¿qué harías?», le preguntó
el joven. «Yo seguiría solo»); pero sospechaba que el
muchacho no le haría caso porque ya se adivinaba el final del Camino,
porque los madrileños llevaban una marcha muy lenta («Tenían
un rollo muy malo», dijo el joven) y tal vez porque la canaria de
ojos nocturnos iba por delante. Durante los días de su forzada inactividad
el veterano trataba de intuir la marcha de su joven compañero, de
adivinar sus etapas, de calcular su andadura; pero hasta cuatro días
después no tuvo noticias de él.
—¿Qué
sabes de Jesús? —le preguntó por teléfono su cuñado—.
A nosotros nos ha llamado ayer por la tarde, a unos veinte kilómetros
de Santiago, y nos dijo que pensaba llegar esa misma tarde.
—Pues
ya sabéis más que yo que no sé nada.
Pero
ahora el veterano ya sabe que el joven ha seguido solo, dejando atrás
al grupo de los madrileños, y que ha cumplido las etapas previstas
llegando a Santiago en doce días.
—Hola,
¿cómo estás? ¿Y tu mano? —le pregunta por fin
al sexto día.
—¿Dónde
te metes? ¿Por qué no has llamado?
—No
he podido antes y una vez que lo hice no contestabas.
—Dime,
¿qué tal llegaste?
—Bien,
llegué bien, el día 19. Tengo tu credencial con todos los
sellos y la Compostelana. Esta noche salgo para Madrid.
—Te
esperaré.
El
tren llega a las 8.45 a la estación del Norte y una hora después
los dos amigos se sientan a desayunar.
—A
ver, cuéntame. ¿Qué hiciste? ¿Cómo te
fue? ¿Qué tal la subida del Piedrafita?
Todos
estos recuerdos bullen en la mente del veterano cuando el viernes 22 de
julio de 1988 se pone en carretera para volver al Camino y concluir lo
que quedó inconcluso. Va en coche y lo acompañan su mujer,
Ana, y su sobrino, José María. Pasan de Astorga a Ponferrada
por Foncebadón en un día de calor tremendo y encuentran un
paisaje verde muy distinto del paisaje agostado del año anterior,
que en éste las lluvias han sido más generosas. En la Cruz
de Ferro un grupo de peregrinos les piden que les hagan una foto.
Día
décimo
—Cuéntame.
¿Qué hiciste? ¿Qué tal la subida del Piedrafita?
—Bien,
la subida al Piedrafita me fue bien;
era muy larga, pero suave; y me la tomé con calma según tus
consejos.
Al
año siguiente el veterano sube el puerto sin dificultad ninguna,
que la carretera es nueva, el firme liso y no tiene rampas duras; no lleva
alforjas, pero mueve desarrollos más largos, un 19 y un 21 con un
plato de 42 hasta la cima del Piedrafita, y un 23 hasta Cebreiro. Sin embargo
su sobrino, que no se ha preparado, tiene que echarse abajo y subirse al
coche.
El
temor a los puertos y al calor del día anterior les ha hecho levantarse
temprano y salir a la calle a las 7.30 para desayunar, pero han encontrado
la ciudad desierta y las cafeterías cerradas, a pesar de que es
día de mercado. De modo que hasta las nueve bien andadas no han
podido ponerse en camino.
—¿Y
la canaria? —había preguntado el mayor—. Supongo que la encontrarías;
si no, no habrías tardado tanto.
—Sí
que la encontré —dijo el joven con sonrisa ancha y misteriosa—.
Pero mejor te cuento desde el principio.
«Fue
un poco duro quedarse solo; lo noté sobre todo por las mañanas.
Me había acostumbrado a sentir cómo te levantabas mientras
yo me despertaba y me decías el aspecto del día. Pero bueno...
Vi a los madrileños; pero ese día se quedaban en Ponferrada
y decidí seguir. Bah, tenían un rollo muy malo.
«Cuando
recogí la bicicleta, que me la guardó el guardabarreras,
el hombre volvió a preguntarme por ti; estuvo muy atento. Se me
hizo muy raro partir hacia Cacabelos
sin ti... Allí estaba la canarita esperándome; pero antes
tuve la suerte de toparme con un alguacil que todavía anunciaba
los bandos del Ayuntamiento con tambor; tenía categoría de
alguacil portero del Ayuntamiento y se llamaba Francisco López Márquez.
Me contó que hay bandos de tambor, que son los de asuntos oficiales,
como el que pregonaba en aquel momento sobre una recogida de documentos
de identidad, y de corneta, que se refieren a asuntos privados, como compraventas,
pérdidas... Mira, aquí tengo el texto del bando de aquel
día que me lo regaló:
Don
JOSE ANTONIO MORENTE GONZALEZ Alcalde Presidente del Ayuntamiento de Cacabelos
(León)
HAGO
SABER:
Que
ya se pueden retirar de las Oficinas Municipales de este Ayuntamiento,
el Documento Nacional de Identidad, renovados en la SEGUNDA vez que se
desplazó la Policía a esta Villa.
Lo
que se hace público para general conocimiento.
EL
ALCALDE,
[Fdo.:]
Morente
«Me
contó también que entró en el Ayuntamiento en el año
43 como mutilado de guerra en el frente de Huesca y que entonces le pagaban
siete pesetas, cinco de haberes y dos de gratificación. Ahora ya
estaba jubilado; pero aún lo seguían llamando para los bandos.
«Del
pueblo no recuerdo nada; enseguida me encontré con la canaria y
ya te puedes imaginar...
El
veterano y su sobrino también paran un instante en Cacabelos a comprar
glucosa y admiran su hermosa plaza porticada.
—Cuenta,
cuenta —apremia el veterano—; que yo tengo muy poca imaginación.
—Bueno,
pues estuvimos desayunando juntos y le conté que te habías
caído en Ponferrada. Me dijo que lo sentía... —informó
el joven. Y añadió con una extensa sonrisa—: Lo dijo de una
manera que casi deseé haber sido yo el que se hubiese caído.
—¿Y
qué más te dijo?
—Nada
más. Nos despedimos enseguida. Me dijo que me esperaría en
Santiago. Así que tomé por el Santuario de las Angustias
y salí de nuevo a la carretera, que discurría atravesando
una vega de viñedos y frutales. Por cierto, que en el primer pueblo
—¿Pieros?— había un hombre que ahuyentaba a los peregrinos
con un perro porque le robaban la fruta.
«EnVillafranca
me sorprendió gratamente la acogida que dan a los peregrinos una
familia de agricultores o de jardineros más bien; tienen varios
invernaderos con plantas de interior y de jardín, y en la mitad
de uno de ellos han instalado un refugio donde dan catre y techo a todo
el que hace el Camino. Me atendieron Paloma y Cecilia, las hijas menores,
y me explicaron cómo ellas habían hecho el Camino desde Villafranca.
Me enseñaron la iglesia de Santiago, románica del siglo XII,
con la puerta del Perdón de arquivoltas y capiteles historiados,
donde los peregrinos, en su mayor parte franceses y extranjeros, que se
encontraban enfermos y no se sentían con ánimo de subir el
puerto, obtenían todas las indulgencias de Compostela. En el ábside
de la iglesia había un Cristo de inspiración bizantina, con
el pelo y la barba muy cuidados, que tenía corona de oro y pedrería
en vez de espinas.
«Luego
seguí por la calle del Agua, donde me encontré a bastante
gente y comencé la subida del puerto hacia las tres de la tarde.
El puerto se sube bien, son treinta kilómetros de subida suave,
con buen piso, y a las cinco menos algo estaba en Cebreiro,
que es como el mirador de Galicia [es el Balcón de Galicia, cuyos
montes, que se extienden hacia poniente como una oleada verde, contempla
el veterano al año siguiente entre el gris de la lluvia y la niebla],
un pueblo al que en invierno deben azotar todas las ventiscas de los montes
de León. Había allí, en la hospedería, un grupo
de franceses, en realidad un grupo multinacional de gente más bien
mayor, que en la iglesia entonaron un cántico a coro:
Por avoir
mon Dieu propice,
fis voeu
d'aller en Galice,
voir
le Sainct-Jacques le Grand,
j'entreprins
cest exercice
non pas
comm'un faitneant.
Prions
la Mere de grace
qu'elle
prie sont enfant,
qu'au
ciel puissions avoir place
pres
de Sainct-Jacques le Grand.
Devant
me mettre en voyage,
je fis
comme un homme fage, (bis)
m'estant
deument confessè,
le reçeus
pour tesmoignage
un escrit
de mon Curè.
Prions
la Mere de grace, etc. |
Je pris
mon Ange pour guide,
Nostre
Dame en mon aïde, (bis)
et puis
Sainct Jacques le Grand,
la crainte
de Dieu pour bride,
et mon
Patron pour garand.
Prions
la Mere de grace, etc.
J'avois
au col une image,
et pour
frayer le passage (bis)
un beau
bourdon à la main,
un chapelet
pour saulage
et compagnon
de chemin
Prions
la Mere de grace, etc. |
«Lo
curioso es que esta gente hacía la peregrinación por etapas
a lo largo de varios años y éste acometían el tramo
final entre Ponferrada y Santiago.
«Me
gustó mucho la iglesia, de naves de piedra y techumbre de madera,
con un hermoso Cristo de cuatro clavos [copia del original que está
en el Arqueológico de Madrid] y una pila bautismal de una sola pieza
que dicen única».
La
iglesia-santuario es románica con ábside cuadrangular prerrománico
y guarda también una Virgen con Niño, románica, preciosa,
cuya fiesta se celebra en septiembre y es ocasión de encuentro para
más de veinte mil peregrinos, y un cáliz, el Cáliz
del Milagro, en relicario donado por los Reyes
Católicos cuando en 1486 visitaron el pueblo. Cuenta la leyenda
que en el siglo XIV un monje del Aurillac, habiendo despreciado la fatiga
de un campesino, celebró misa en la capilla y en el momento de la
consagración la hostia se convirtió en carne y el vino en
sangre que cayó manchando los corporales. El hecho se divulgó
por toda Europa, los papas Inocencio VIII y Alejandro VI lo mencionan en
sendas bulas y parece que inspiró el Parsifal de Wagner.
Hoy los restos del campesino reposan en el altar y los del monje en la
tumba vecina.
Situado
en la cima del puerto, todo Cebreiro es monumento nacional. Hasta 1970,
en que se dejó de habitar la última, fue una población
de pallozas, esa casa de origen celta formada por un ruedo de piedra
con una sola estancia que toda la familia comparte con el ganado, sin chimenea,
y techumbre de ramas y pajas por donde se filtra el humo del hogar. Todo
el ajuar doméstico es de madera y tiene el sabor de las cosas milenarias,
como un oasis de la Edad del Bronce olvidado en medio de la Edad Industrial.
«Las
pallozas me recordaron los tebeos de Astérix», había
dicho el peregrino menor.
Todo
estaba como lo dejaron sus últimos habitantes y daba la impresión
que tanto los muebles como el resto de los enseres, ennegrecidos por el
humo del hogar, habían sido usados por muchas generaciones de paisanos
que habían dejado allí sus vidas y su aliento.
En
Cebreiro ha comenzado a llover, a orvallar. Aún es algo pronto,
pero la hospedería rebosa de viajeros, tiene un buen fuego en la
chimenea y el ambiente es tan acogedor que el peregrino mayor y sus acompañantes
deciden quedarse a comer por si escampa mientras. El cocido y la tarta
de Santiago están buenísimos, pero el cielo no descansa,
llueve a mares. No lloverá mucho porque el viento sopla de aquel
lado, había dicho un paisano al peregrino.
«Luego
me calenté un poco en una hoguera que allí tenían
y enseguida empecé a bajar el puerto. En la bajada la anchura y
los variados verdes del paisaje me iban abriendo los ojos; la bajada era
muy peligrosa porque hacía mucho frío y la pendiente era
muy fuerte, tanto que gasté las zapatas de los frenos.»
La
bajada del puerto del Poyo, que era
continuación del de Piedrafita, fue peligrosísima. No paraba
de llover, la carretera era estrecha, botosa y llena de bostas de vaca
en la travesía de los pueblines que se encontraban. El paisaje —"Vista
panorámica" decía en algún lugar— no se veía
de la lluvia y la niebla. Soplaba el viento, la bicicleta se cimbreaba
y el peregrino no sabía si bajar frenando o dejarse caer libremente,
las manos sobre los frenos entumecidas y en la mente el temor a caer en
cualquier momento y romperse los huesos en medio del barrizal de mierda.
Cuando
por fin llegó abajo sólo pensó en su sobrino. Vete
a ver a José María, le dijo a Ana que llegó inmediatamente
en el coche, no sea que se caiga. José María no se había
caído, pero se metió en el coche en cuanto lo vio, que él
no se había propuesto cumplir ningún voto.
«EnTriacastela
apenas si me paré; había muchísima gente en el refugio
y decidí continuar hasta Samos,
once kilómetros más abajo. Allí encontré a
un grupo de peregrinos entre los que había uno de Valmaseda (Vizcaya),
donde había iniciado la peregrinación a pie subiendo por
el Páramo de Masas hasta coger el Camino en Burgos. Me decía,
mientras esperábamos que saliera el padre hospedero del monasterio
benedictino, que estas etapas iniciales, o sea, Valmaseda, Espinosa de
los Monteros, Páramo de Masas y Burgos, fueron las que se le habían
hecho más duras.
«Por
fin apareció el padre hospedero y nos dieron hospedaje de cama y
almohada.»
Pero
al peregrino mayor y a sus acompañantes no deben verle aspecto de
tales y no le ofrecen hospedaje ni él se atreve a pedirlo cuando
visitan el monasterio, de hermosos claustros gótico y herreriano.
—Este
es el cuarto donde se da hospedaje a los peregrinos —dijo el monje guía
del monasterio, al que no consiguieron sacar de qué vivían,
cuando pasaron ante una puerta cerrada en uno de los claustros y hubo en
sus palabras un matiz extrañamente antipático.
Camino
de Sarria sale el sol y el peregrino mayor
puede secarse y entonarse. Visitan, él y sus acompañantes,
el convento de los Padres Mercedarios, que es gótico isabel, pero
tiene varias puertas, románica, hererriana y barroca. Los rayos
del sol poniente hacen un bonito efecto en los cristales de las ventanas.
La calle Mayor tiene casas que evocan ambientes del siglo XVI. Fuera de
la población, sobre una colina, un castillo. Todo el paisaje está
húmedo y verde.
Cuando
encuentran un hostal, el cansancio hace noche con ellos. |