Día undécimo
 
 
 

 «A la mañana siguiente, con la historia o el engaño del canto gregoriano, los monjes nos hicieron oír misa a las ocho y media; luego nos pidieron un donativo y nos enseñaron el monasterio, que, aunque reconstruido, es en su mayor parte una obra del siglo XVIII añadida a un primitivo núcleo gótico. Sus piedras recuerdan que allí vivió el poeta gallego Ramón Cabanillas Enríquez y el famoso Feijóo. Entretanto estuve charlando con Ángel, del grupo del de Valmaseda, que defiende la espiritualidad del Camino y cree que mucha gente, que comienza la peregrinación con un sentido vacacional o deportivo, acaba encontrando también su sentido religioso.

 —O sea, que esta gente iba en plan místico como el grupo de Elizabeth —comenta el veterano.
—Sí, algo así.
—¿Y no sería mejor encontrar el sentido religioso de lo vacacional y deportivo? Que lo deportivo también fue un día religioso.

 «Luego estuve charlando un rato con el padre Agustín Miguélez, una persona afabilísima, que tenía a su cargo la pequeña tienda de recuerdos y licores y me contó que una noche de 1951, por el descuido de un monje que encendió una cerilla en la destilería, se provocó un incendio que destruyó buena parte del edificio. El monasterio tiene actualmente doce monjes, que no frailes —porque, según el padre Agustín, todavía hay categorías—, y novicios. Por cierto que me preguntó si no me había mordido el perro de El Acebo, que suele morder a los peregrinos.

 «Desayuné en el mismo Samos, en el mesón Portenova, donde me pusieron un buen bocadillo de jamón; un jamón estupendo que tenían porque habían estado celebrando no sé qué festejo. Continúo el Camino luego y poco antes de Sarria tuve que pararme a cambiar las zapatas de los frenos, a pasar las de delante atrás y viceversa, que me ayudó a hacerlo un paisano que cuando supo que yo era de Burgos me estuvo contando que él había hecho la mili en Burgos y me habló de lugares y personas que ya no recuerdo. Y en Sarria otra vez tuve que buscar un taller para poner zapatas nuevas.

 «En Sarria subí por la rúa Mayor, muy empinada, hasta el monasterio de los PP. Mercedarios, que fue antiguo Hospital de Peregrinos y sólo conserva como resto destacable un claustro románico-gótico. Me resultó curioso que para llamar hubiese que tañer una campanilla tirando de una cuerda.»

 —¿Y el tiempo? —pregunta el veterano—. ¿Qué tal tiempo te hizo?
—El tiempo no fue malo. Llovía un poco por la mañana, como en Villafranca; pero luego escampaba.
—¿Y el relieve?
—El relieve se podía pasar. Lo que se me hizo más duro fue la subida de Piedrafita a Cebreiro, el puerto del Poyo, y luego la bajada.

 De Piedrafita a Cebreiro el peregrino mayor tuvo que meter el 23 y luego, hasta el puerto del Poyo, se le hizo interminable, a pesar de que era un falso llano en ligera subida, en parte por la lluvia y el viento, en parte porque creyó que el puerto terminaba en Cebreiro. El puerto termina dos o tres kilómetros más allá, le dijo un automovilista cuando ya llevaba recorridos otros tantos.

 «Pero lo demás fue suave, pero con subidas y bajadas continuas; me acordé de lo que me dijiste de los toboganes. A la salida de Sarria, por ejemplo, la carretera subía hasta nueve kilómetros de Portomarín y luego bajaba otra vez, y desde Portomarín subía de nuevo.»

 El peregrino mayor sale de Sarria el domingo 24 a las nueve de la mañana con niebla y frío. La carretera es un tobogán permanente, un continuo sube y baja, no hay cien metros llanos, que, si la hace muy dura, le da sin embargo amenidad por el cambio de ritmo incesante. La niebla pegada a los montes, el sol que se filtra a veces, los jirones que se enredan en el bosque, da una belleza mágica e inquietante al paisaje.

 «Portomarín es un pueblo salvado de las aguas del embalse de Belesar; si no todo, al menos lo más importante, como la iglesia de San Nicolás [¿o de San Juan?] y la de San Pedro, románicas ambas. Aquí me encontré a la pareja de alemanes, Claudia y Georg; les referí tu caída y me prometieron que te escribirían.»

 Le escribieron, lamentaban su percance —«¡El camino es el camino!», decían— y le envíaban una foto de ellos con las bicicletas y una postal de Colonia.

 Portomarín está en lo alto de una colina y tiene una iglesia, la de San Nicolás o de San Juan, torreada, almenada y con saeteras como un castillo feudal, que seguramente los caballeros de San Juan, cuya era la encomienda de esta iglesia, no debían sentirse muy seguros por estos pagos. Allí conocen a un peregrino joven que viene solo desde Viana a una media de ciento y pico kilómetros diarios, que lleva una bicicleta con tres platos y va muy bien pertrechado.

 —¿Y el paisaje? —insiste el veterano—. ¿Se nota mucho la diferencia con el paisaje de la Meseta?
—Sí, por supuesto; es otro mundo. Me impresionó sobre todo lo bucólico y pastoril del paisaje. En Palas do Rei me comentaba uno la extensa gama de verdes que se pueden encontrar en Galicia. Pero sobre todo me impresionó lo bucólico, pastoril y rural; quizá más bien lo rural que pervive fijado en el tiempo sin cambio aparente; en Gonzar, por ejemplo, pude observar a una vieja coja, toda enlutada, que perseguía a la vaca con una vara y un perrillo.
—Como en una novela de Valle-Inclán.
—Sí, igual que en una novela de Valle-Inclán. Por ejemplo, en el bar de Ventas de Narón, que estaba en el mismo cruce, un bar un poco miserable donde tomé algo, el dueño se quejaba de lo mal que está la vida, que por una furgoneta pagaban como por un camión.

 El paisaje es una monotonía de lomas cubiertas de bosques de robles, salpicadas por algún caserío o aldea, atravesadas por una carretera que las ciñe estrechamente ora subiendo ora bajando.

 «A partir de aquí ya no merece la pena seguir por la carretera; sino desviarse por Portos, por Valos, por Brea; es decir, por el camino que siguen los de a pie que está asfaltado.»

 —¡¿Que está asfaltado el Camino!?
—Sí, el Camino está asfaltado desde hace uno o dos años y se puede ir en bicicleta con lo que se acorta unos cinco kilómetros.
—¡Caray con el subdesarrollo gallego!

 No reconoció el veterano ese tramo, que es el comprendido entre Hospital y Palas do Rei, porque no viene en los mapas ordinarios, y siguió la carretera actual por Guntín.

 «Sin embargo a partir de ahí, camino adelante, te encuentras ya esa agricultura tradicional y autosuficiente, de subsistencia casi, que me comentaban los mismos labriegos. En Portos, por ejemplo; al pasar por Portos, a la izquierda, ya se empiezan a ver los hórreos; en Valos me llama la atención un carro de madera, prácticamente de madera, con los elementos de hierro indispensables. Me impresionó vivamente toda esta zona; en la aldea de Brea me detuve a charlar con los labriegos que me contaron que los montones de paja, que utilizan para hacer la camada de las vacas, se llaman palieres; me explicaron que no todos tienen hórreos, sino que también se usan para guardar el maíz unos cestos de mimbre que llaman cabecearas, que asimismo usan en algunas partes para un presecado antes de llevar el maíz a los hórreos. Los hórreos están orientados lateralmente, según los vientos dominantes, para un mejor secado del maíz...

 «Pero se tiene la sensación de estar ante un mundo en trance de desaparición; me comentaron que los mulos, por ejemplo, ya casi han desaparecido, aunque todavía se usa el arado romano y aún pude ver una yunta que tiraba de uno. Yo no sé si fue el tono de nostalgia que había en la voz de los que me hablaron o la luz del atardecer con que yo veía el paisaje, lo cierto es que me pareció que todo aquello, todo un modo de vivir y de entender la vida, marchaba hacia el ocaso.

 «Por estas parroquias me encontré a unos suizos que llevaban ya cuatro meses en el Camino evitando siempre las carreteras; era gente muy simpática y me comentaron que no les gustaban las carreteras ni la especie de revolución que representaba la bicicleta; porque ellos entendían que yendo en bicicleta se va muy de prisa y no se puede gozar del paisaje, que es distinta la sensación del caminante.

 «En Palas do Rei me acogieron muy bien; es un pueblo que no tendrá más allá de quinientos habitantes, pero que ahora está creciendo con los emigrantes que regresan, de Bilbao sobre todo. Estuve charlando un rato con el boticario que me dijo que las bicicletas le parecían muy peligrosas y me mandó al hostal Curro; pero Curro no tenía camas y mandó a su hija que me buscara alojamiento en otra hospedería donde finalmente me quedé. Allí estuve charlando con los paisanos; había un maestro que trabajaba en una Caja de Orense y todos los días iba y venía a Palas do Rei...»

 —Todo un símbolo de las mudanzas de los tiempos.
—Sí, todo un símbolo.

 «Este hombre me habló un poco de la particularidad de los gallegos y un poco del sinsentido de la Comunidad Económica Europea. En esas historias me fueron invitando y me fui emborrachando. Por cierto que estaban allí en la hospedería unos scouts franceses; yo me entendí con ellos por uno que era hijo de españoles. Pensaban irse el año que viene a África a ayudar a los negros y este año habían decidido hacer el Camino como entrenamiento o algo así. Era un grupo que iba en el mismo plan religioso que los franceses de Puente la Reina... Y así llegó la noche.»

 En Palas do Rei el peregrino mayor y su gente vuelven a coincidir con el peregrino de Viana con quien comparten mesa y mantel, sopa y carne, en un mesón. Pero a la hora de seguir José María decide subirse al coche, que el camino se le hace muy duro.

 En Melide miran con ojos maravillados en el escaparate de una tahona unos panes como ruedas de coches y luego se recrean un instante en la plaza, cuyas fuente e iglesias componen un conjunto «como de cuento», según Ana.

 En Arzúa, a cuarenta kilómetros de Santiago, acampan, se dan un chapuzón en la piscina y una ducha que los repone de la fatiga del camino. Ya casi se sienten las torres de Santiago.