Día duodécimo
 
 
 

 «Al día siguiente, 19 de julio, había mercado en Palas do Rei, como todos los días 19 de cada mes; aunque es un mercado un poco mermado por la competencia que le hacen las ferias organizadas de Santiago y Monterroso, pero se ven en él tractores y camiones venidos de todos los pueblos y aldeas de la comarca, de Melide, de Guntín, de Villantimes, de Arzúa. El mercado de género quedaba justo enfrente de la fonda donde me hospedaba y lo primero que me llamó la atención fue la gran cantidad de quesos que había; el cantinero me dijo que los mejores son los de otoño, los de septiembre a enero, y los frescos de verano; me lo decía por la noche cuando me estaba emborrachando y me decía prueba, prueba éste, y me dio uno muy duro y muy curado. Había también gallinas, pollos, conejos, algún jamón y muchas telas. Mira, mejor te leo una nota que redacté luego:
 

Día de mercado en Palas do Rei

 «En el pueblo, aunque muchos comercios carecen de rótulos, algunos se anuncian como pulperías y a las nueve la mañana el peregrino tiene oportunidad de ver a muchos labregos comiendo pulpo con una cuenca de vino. Le cuentan que ese es el desayuno habitual en día de mercado y luego, a las seis de la tarde, callos o una posta de bacalao. En el mercado se vende y se compra de todo; se comenta, se dice, se habla. La gente, como en todas las ferias, regatea el producto. Los que compran gallinas observan que la raíz de las plumas sea blanca y no amarilla, porque ello que es garantía de lozanía y salud. Son gentes de palabra y no entran en tratos sin consistencia. Entre ellos hablan gallego y toda la familia participa en el trato, quizá por esa inseguridad tan suya que les hace dudar siempre de si han comprado bien o mal.

 «La vestimenta del labrego es una boina para la cabeza, una chaqueta y las manos, porque no sabe usarlas, metidas en los bolsillos de los pantalones; en general usan ropas oscuras o de colores apagados; muchos lían ellos mismos sus pitillos; tienen los cuerpos deformados por el trabajo, tanto los hombres como las mujeres, con las espaldas algo cargadas; alguno más previsor lleva paraguas; creo que no se distinguen mucho de otros labriegos de Castilla. La Guardia Civil, muy folclórica, pasea entre los puestos de venta. Las muchachas, no muy numerosas, no son feas ni guapas; son fuertes y van a su manera.

 «En otros puestos se ofrece herrería agrícola, por ejemplo hoces, fauces, pateños o podos, que tales son los diferentes nombres que reciben las hoces; de igual modo hay piedras de afilar, cuchillos y navajas, y también guadañas y cribas; dicen que las navajas no se oxidan porque están hechas en fuego rápido. Llama la atención del peregrino que un labrego comprueba si el hierro de una hoz está bien templado echando vapor sobre la hoja y observando que se vaya poco a poco; porque dicen que, si el vapor se queda, es que está mal curado. En este trato afirman que no hay trampa; como son vejetes se entienden e incluso hablan de cómo participaron en la guerra del 36; al final el labrego paga setecientas pesetas por la hoz, ciento cuarenta pesos dicen ellos trayendo con vieja memoria ecos del comercio indiano. El vendedor, que está con su mujer, es ya viejo y cuenta al peregrino que no se ha podido jubilar porque no cotizó a la Seguridad Social.

 «En la rúa de Orense se cuecen pulpos en la calle, al aire libre, lo que a partir de ahora el peregrino encontrará a lo largo de todo su trayecto. Entretanto en la iglesia ha finalizado el culto y la gente, casi toda de edad, sale luciendo galas domingueras; el templo es de nueva obra, pero ha conservado una portada románica muy sencilla.

 «Fuera ya del pueblo está el mercado de ganado que el peregrino reconoce por el gruñir de los cerdos; hay también ovejas aún sin esquilar y el peregrino, que recuerda haberlas visto ya esquiladas en Castilla, pregunta a qué se debe la diferencia. Eso es porque están en manos de los tratantes, le dicen; porque su final es el matadero y, de todos modos, porque en Castilla se trasquila antes por el calor. Cerca de allí hay un carro que al peregrino le recuerda el que vio en Valos y le dicen que podría ser, porque en carro no se puede ir muy lejos. Los labregos miran sorprendidos y extrañados al peregrino, que en una mano lleva su libreta, en la otra la bicicleta y se detiene a tomar notas; el peregrino les debe parecer un raro ciclista escribiente.»


 «Por fin dejé Palas do Rei y seguí hacia Melide donde admiré la portada de la iglesia de San Roque, lo único valioso que tiene y no es suya sino de la iglesia de San Pedro, según me informó un hombre que descargaba sacos de patatas. Llegué luego a Arzúa que me pareció una ciudad tonta y endomingada; pero enseguida advertí que las galas no eran de domingo, sino de fiesta y que la gente andaba tomando el aperitivo. De una iglesia salía, rodeada de familiares satisfechos, una niña con galas blancas de primera comunión.

 «Hice una comida ligera para continuar y entonces me encontré a un grupo de chicos y chicas, cinco en total, que venían de Astorga haciendo el Camino en plan turístico y después se iban a la playa; marchaban en bicicleta y lo más extraordinario es que una de las chicas no hacía un año que había aprendido a montar. A la salida, en un prado, hallé a un grupo de salesianos de Huesca que habían salido el 30 de junio, o sea, que llevaban una andadura de cuarenta kilómetros diarios, y eran chavales de EGB y BUP con algún universitario. En un bar de Santa Irene me topé con dos novicios, Blas y José Ramón, que andaban el Camino como preparación espiritual antes de tomar los votos; eran de la Congregación de los Hermanos Holandeses de Astorga e iban acompañados por dos superiores, holandeses precisamente, de la Orden. Y me dieron una noticia que me llenó de sorpresa: Había en el Camino cuatro delincuentes belgas que hacían la peregrinación como forma de redimir sus penas de cárcel.»

 —Sí que es sorprendente.
—Lo es, porque, si yo no entendí mal la explicación que me dieron, esa forma de redención de penas sería un residuo del derecho medieval que ha llegado vivo hasta nosotros de forma extraña.
«Sea como fuere, yo me encontraba a unos veinte kilómetros de Santiago, eran las cinco de la tarde y quería llegar ese día a pesar de que me encontraba ya cansado. Así que me despedí de los monjes, frailes o novicios y seguí adelante.

 «De pronto, detrás de una loma, aparecieron las torres de Santiago. No sé si me detuve; no sé qué sentí en aquellos instantes. Creo que pedaleaba como un autómata impulsado por el afán de llegar, un raro afán que me dominaba sin yo dominarlo; quiero decir que, si en aquel instante me hubiesen preguntado por qué quería llegar a Santiago, a lo peor no habría sabido contestar. Repasaba con la mirada, una y otra vez, la línea de los tejados y de las torres tratando de reconocer los perfiles oscuros tantas veces vistos en postales y almanaques; tratando de aprehender una realidad fugitiva y mágica; de fijar el instante; de reconocerme a mí mismo frente a la ciudad mítica. Tan anonadado estaba que no sé si entré yo solo en Santiago o había otros peregrinos que entraban conmigo.

 «Luego he reconstruido mi itinerario sobre el mapa y te puedo decir que entré por la rúa de San Antonio, luego en la puerta de Marmoa giré a la derecha por la calle de las Huérfanas, luego en la segunda bocacalle a la izquierda me metí por la rúa Tras de Salomé; allí, a la derecha, cogí la rúa Nueva; a la izquierda la calle de Gelmírez, a la derecha luego salí a la plaza de Platerías y por la calle Fonseca desemboqué ante la catedral…

 «Quedé extasiado... No hay palabras. Lleno y vacío; porque, bueno, había llegado y aquella plaza con las torres es impresionante, pero no tenía con quien compartir la alegría y el gozo de la llegada. Fue como si toda la soledad arrastrada desde Ponferrada se me hiciera presente de golpe. Hubiera querido correr y saltar por la plaza gritando ¡he llegado! ¡he llegado!; pero me eché la bicicleta al hombro y en silencio subí a la sacristía a que me dieran la Compostelana.

 «Allí me dijeron que podía buscar refugio en el convento de San Francisco, aunque era más bien un refugio para pobres de solemnidad, o en el Seminario Menor, y que en el hostal Reyes Católicos, si tenía suerte, encontraría con qué llenar la tripa; porque este hostal, antaño hospital de peregrinos y hogaño hotel de muchas estrellas, conserva de alguna manera la tradición de acoger a los peregrinos dando desayuno, comida y cena a diez de ellos. Sin embargo, el reparto, que no sigue ninguna regla de prioridad, como cuando se echa pan a perros hambrientos para ver cual de ellos lo coge primero, tiene mucho de circense y vergonzante, como una curiosidad folclórica sólo conservada para diversión y deleite de los señores que se alojan en el hostal. Esta mentalidad altiva y señorial se aprecia perfectamente en la inscripción que hay en uno de los patios, el de San Mateo creo; dice: "Hízose en 1848 este depósito de sanguijuelas." El caso es que, después de haber repartido los diez vales que dan derecho a la comida, meten a los peregrinos por un garaje lateral, muy próximo al número uno de la calle Carretas donde yo me hospedé luego, y los llevan a la cocina. La cena parece que no es nada buena...

 «Me hablaron también de una Cocina Económica, que llevan las Hermanas de San Vicente de Paúl, donde por cien pesetas se puede comer y cenar por setenta y cinco. Pero entonces me estaba urgiendo encontrar posada para poder cambiarme y me fui al Seminario Menor, donde se podía dormir por trescientas pesetas en un dormitorio colectivo y por seiscientas en una habitación individual. Estuve esperando durante una hora, pero no apareció ningún conserje o recepcionista y, como estaba cansado, me fui. Podía haberme quedado, porque había gente maja y simpática; pero no sé, no me gustó la dejadez que allí había, quizá estaba ya cansado y nervioso; así que me fui y casualmente encontré alojamiento en una fonda de la calle Carretas, en un lateral del hostal Reyes Católicos, en el único lateral posible.

 «Y así fue el día que llegué a Santiago.»


 El lunes 25 de julio de 1988 amanece con niebla, pero levanta enseguida y queda un día radiante. Hacia las diez y cuarto el peregrino mayor y su gente se ponen en camino y en dos horas llegan a Santiago por una carretera que parece un calco de las del día anterior. Desde una colina, el Monte del Gozo, los peregrinos han contemplado antes la ciudad y las torres de Santiago. Mil años de historia, el latido de millones de corazones emocionados ante aquella visión, los traspasa en aquel momento. La mañana está limpia como un cristal recién lavado y las torres parecen al alcance de la mano. Aunque, signo de los tiempos, los peregrinos en vez de orar se hacen una foto.

 La entrada en la ciudad es caótica, como si todo el parque automovilístico santiagués hubiese salido a la calle. Llegan a la plaza del Obradoiro y gritan ritualmente «¡Ultreia Santiago!», pero el peregrino advierte que no puede sentir lo mismo que su compañero el joven porque no es la primera vez que entra en Santiago y porque la llegada desde Ponferrada, con un coche de apoyo, quizá le ha quitado casi toda la emoción deportiva al viaje. No obstante, ha sido muy emotivo circular por las calles de la ciudad, entre el caos circulatorio, buscando la catedral. Allí, en la plaza, también está el peregrino de Viana, Josu.

 La plaza está tomada por la policía, que hay manifestaciones nacionalistas y las autoridades están a punto de salir de la catedral. No tardan en hacerlo entre lanceros con casco de acero niquelado y plumeros de altas plumas, todos de chaqué con don Manuel Fraga , presidente de la Xunta, al frente; el traje verde esmeralda de una conselleira y el uniforme cargado de medallas un general destacan como relámpagos entre nubes negras; luego pasa la corporación municipal entre maceros… Tanta ceremonia contrasta con la escasa atención que le presta la gente, casi todos turistas, como si los gallegos estuviesen en otro lugar y en otra fiesta.

 Entramos en la catedral y ponemos la mano en el parteluz sobre la huella de otros miles, cientos de miles, millones de manos, y damos la cabezada al maestro Mateo que se oculta detrás del santo. En el Pórtico de la Gloria uno quisiera no sentir, no pensar, abandonarse en la pura contemplación de la gloria de Dios, que es la gloria de los hombres, del sentimiento, pero el tiempo es inexorable. Una y otra vez acudimos allí tratándo de encadenar el tiempo, pero los segundos y los minutos pasan como una lluvia de estrellas en la noche.

 Paseamos luego por las rúas; en la plaza de los Literarios, detrás de la catedral, quinientos nacionalistas gritan ¡Viva o povo gallego ceibe! y toda esa monserga de los nacionalistas; tomamos una cerveza y un trozo de empanada con Josu antes de despedirnos de él y por último comemos en un figón, un plato de callos con muchos garbanzos.