Día
segundo
—¿Veréis
mañana el encierro? —había preguntado a los peregrinos el
posadero.
—¿Cómo
el encierro? —se aturde el peregrino mayor.
—Sí,
lo televisan a las ocho —responde—. Si queréis verlo podéis
pasar que yo estaré aquí.
Los
peregrinos han iniciado
su andadura el día de San
Fermín y acaban de entrar en Navarra; así que a
las ocho el peregrino mayor ve ritualmente el encierro que ese día,
segundo de las fiestas, resulta muy accidentado porque tres toros quedan
rezagados de la piara y arremeten contra los corredores corneando gravemente
a uno de ellos. En días sucesivos los peregrinos tendrán
ocasión de ver con qué atención siguen los navarros
los encierros de Pamplona.
Antes,
a las 7.30, los peregrinos han encontrado una taberna donde se desayunan
una tortilla de jamón porque no quieren correr el riesgo de pájara
del primer día.
La
mañana está neblinosa y húmeda, con las nubes pegadas
a las cumbres de las montañas cercanas y la niebla a los viñedos
de la campiña; pero la temperatura es muy agradable y pedalear se
hace una delicia. A unos seis kilómetros de Sangüesa los peregrinos
alcanzan a Pablo y Estrella, la pareja conocida la noche anterior, que
ya avanzan por la carretera.
—¿Qué
tal? ¿Cómo os fue anoche con la lluvia? ¿Os dio tiempo
de montar la tienda?
—Sí,
porque la montamos en el parque. No tuvimos ningún problema.
—Estupendo.
Ea, que tengáis buen camino.
A
la derecha de la
carretera queda la garganta de la Foz
de Lumbier, como una cuchillada dada a la montaña, que atraviesa
el río Irati, y delante un antiguo puente hundido por donde durante
siglos pasó el Camino; pero los peregrinos no atinan a identificar
la villa romana que, según la guía, hay allí. Sin
embargo, sólo el paisaje merece un alto.
En Monreal
también la detención es obligada para sellar la credencial.
—¿Y
qué buscáis en el Camino? —pregunta a los peregrinos el párroco,
ya anciano, que les firma la carta, a quien al parecer han sacado de la
cama.
—La
huella del tiempo —dicen—. El arte, la cultura.
—Algo
más buscaréis —insiste el cura.
—El
espíritu de las gentes que lo hicieron. Tal vez a nosotros mismos.
—Y
a Dios. ¿No esperáis encontrar a Dios?
—Tal
vez. Quién sabe.
A
la salida del pueblo los peregrinos encuentran a dos ciclistas que pedalean
en dirección contraria: van a Francia a ver el Tour en el Tourmalet.
Ese día viajan de Estella a Jaca. «Buena marcha lleváis».
«¿Y qué vamos a hacer? Tenemos todo el día para
andar». Se ve que los caminos del Señor son innumerables.
Eneriz
queda atrás con sus casonas blasonadas entrevistas al pasar y Tielmas
con su ruina de castillo. Por fin Eunate,
donde los peregrinos hacen alto de nuevo para admirar el singularísimo
templo románico, la iglesia de Santa María, que perteneció
a los templarios, de planta octogonal que se levanta en medio de un campo
de trigo con algarabía de pájaros. El paraje, amarillo de
trigo, verde de monte y azul de cielo, tiene resonancias añejas,
de tiempos lejanos, del tiempo de hierro y estameña en que los reinos
hispánicos guerreaban con el Islam y se encomendaban a Santiago;
pero tiene también esa extraña frialdad mortuoria de los
lugares que ya no son lo que fueron y el ruido de coches que llegan pone
una nota discordante en el piar de los pájaros.
En
el cruce con la carretera/camino que viene de Pamplona, a la entrada de Puente
la Reina, hay un peregrino de hierro horrible con una placa que indica
que a partir de allí todos los caminos que conducen a Santiago son
uno solo.
Ya
en Puente la Reina, final de la segunda etapa, los peregrinos tienen ocasión,
antes de comer, de ir a la piscina municipal y relajarse con un baño
en una agua clarísima. La vista de la ciudad desde la piscina es
de almanaque: sobre el cielo azul se recortan pardas colinas y sobre las
colinas el caserío medieval con las eminencias de la torre de Santiago
y la de la iglesia del Crucifijo.
La
ciudad, donde confluyen los caminos, es una ciudad que nació del
Camino; cuya estructura de campamento romano, con la calle Mayor o de Peregrinos
como eje, está determinada por el Camino, que la atraviesa de Este
a Oeste, y que incluso hoy parece recuperar sus viejas vivencias.
—Todos
los días pasa por aquí muchísima gente que hace el
Camino —dice una tendera a la que los peregrinos compran postales—. Van
a pie o en bicicleta; extranjeros pasan muchísimos, casi más
que españoles, y todos quieren llegar a Santiago el día veinticinco.
Más
tarde el cura párroco de la iglesia de Santiago confirma esta información.
En
su paseo los peregrinos admiran de nuevo el aspecto medieval de las calles:
las casas blasonadas de aleros muy volados con canecillos pinjantes y las
viguerías de madera. La ciudad termina por occidente en el puente
de Peregrinos, construido en el siglo XII sobre el río Arga para
mayor comodidad de la mucha gente que por allí transitaba. Y del
siglo XII parece la estampa que en ese momento contemplan los peregrinos:
recortado por el último sol un paisano regresa del campo conduciendo
una punta de vacas, una de las cuales intenta montar a la que lleva delante.
—Esa
vaca está salida —comenta el peregrino.
—Y
entrada; también está entrada —responde el vaquero.
Junto
a la Parroquia de Santiago (de preciosa portada románica polilobulada,
que guarda una magnífica talla policromada, también románica,
del apóstol Santiago, al que la gente llama Santiago
Bercha, o sea, Negro por la pátina oscura que el tiempo ha dejado
en ella) encuentran los peregrinos a un grupo de muchachos de Vigo que
hacen el Camino a pie y se disponen a merendar con varias botellas de vino
y barras de pan. Uno de ellos, muy joven, es la segunda vez que hace la
peregrinación (en veintisiete días la hizo la primera vez).
—¿Por
qué? —pregunta el veterano.
—Pues
no lo sé —responde el muchacho—. Porque me gusta; porque es bonito.
Sin
embargo, una francesa de formas redondeadas y pómulos de manzana
que se lava los pies en una pileta junto al claustro herreriano de los
P.P. Reparadores, al otro extremo de la calle, extramuros ya, estudiante
de Lingüística y de Ciencias de la Comunicación, responde
rotundamente que para «aprofundir ma foi». Es sin duda la respuesta
de motivación más genuinamente religiosa que los peregrinos
encontrarán. La francesa forma parte de un pequeño grupo
que marcha en bicicleta y también quiere llegar a Santiago el día
veinticinco.
Todavía,
antes de retirarse a descansar, tendrán los peregrinos oportunidad
de contemplar una magnífica talla gótica de origen alemán,
muy expresionista, de un crucificado en la iglesia del Crucifijo y de cenar
con dos holandesas, Maud —que se parece a Simone Signoret— y Annemieke,
que han venido a ver los sanfermines.
Por
fin, a las doce de la noche, los peregrinos se van satisfechos a dormir
porque el día ha sido descansado y fértil en acontecimientos. |