Día tercero
 
 
 

 Los peregrinos salen hoy de Navarra y entran en La Rioja; pretenden llegar a Logroño; es por tanto una etapa también corta, pero muy densa por la cantidad de lugares en que las guías aconsejan detenerse. El primero de ellos es Mañeru, al otro lado de un puertecillo desde el que se divisa una bonita panorámica de Puente la Reina y la vega del Arga, pequeño pueblín encaramado en una colina, como otros muchos, como Cirauqui poco después, de calles empinadísimas y casas medievales, en cuya iglesia atrae la atención de los peregrinos varios retablos el Renacimiento, notables por su calidad y el ingenio con que el autor ha introducido en él numerosos desnudos femeninos: hay una alegoría de la pasión representada por una tipa estupenda con las tetas al aire que sostiene una cruz y santa Agueda, la mártir que sufrió la amputación de los pechos, más parece una venus clásica que una santa cristiana.

 Como de costumbre los peregrinos se han puesto en marcha a las ocho de la mañana, justo con el chupinazo que abría el tercer encierro por las calles de Pamplona, y han querido rendir culto y homenaje a la tradición y a la historia atravesando en toda su longitud la calle de Peregrinos, y luego el hermoso puente de igual nombre. La mañana es tierna y el sol joven. Pero al final del puente al peregrino menor se le avería la bicicleta: dos tornillos rotos que le impiden meter el plato pequeño. Así que la marcha se hace dificultosa otra vez hasta Estella donde buscan un taller.

 Pero en Estella es día de mercado y los dos o tres talleres que hay en la ciudad están saturados de trabajo: «Todo el mundo se trae su bicicleta y mira cómo estoy...» dice un mecánico mostrando una batería de ruedas que esperan arreglo. Al fin logran reparar ellos mismos, en plan herrero, con herramientas y tornillos de herrero, porque otros no encuentran, que les dejan en el último taller. Casualmente en ese momento aparecen las holandesas de la noche anterior.

 —¿Qué tal? ¿Cómo vais? —dice la que se parece a Simone Signoret.
 —Regular. Medio averiados. Pero enseguida estos listos.
 —Suerte.

 Atrás, en el Camino, ha quedado Cirauqui, el pequeño pueblo medieval de empinadas calles , Círculo Carlista e iglesia de piedra, junto a cuya portada, semejante a la de Santiago en Puente la Reina, los peregrinos encuentran descansando a los muchachos de Vigo, que han salido a las siete de la mañana.

 —¿Queréis fruta? —dicen.
 —Venga la fruta.
 —Procede de los árboles del Señor.

 Al ponerse en marcha los muchachos buscan la vieja calzada romana para salir del pueblo; pero los ciclistas bajan directamente a la carretera.

 Estella está agobiante como cualquier gran ciudad; entre el barullo que ocasiona el mercado, ubicado en la plaza de los Fueros, y las obras de pavimentación apenas si se puede circular con desahogo. No obstante, los peregrinos dan un paseo por la calle Mayor, que aún conserva viejos palacios de abultados blasones y retorcidos balcones barrocos; suben hasta San Pedro de la Rúa, al otro lado del río Egea (por San Pedro de la Rúa preguntaron a los peregrinos, nada más entrar en Estella, unos ciclistas alemanes que al parecer también hacían el Camino), de portada románica semejante a la de Puente la Reina y Cirauqui, en cuya escalinata unos niños se aplican en dibujar un paisaje urbano; llegan al claustro también románico, derruido en parte, con hermosos capiteles que narran la vida del Cristo, y por último alcanzan San Miguel que, como San Pedro, encuentran cerrada (es el temor a tanto robo como últimamente se ha extendido lo que mantiene las iglesias cerradas fuera de las horas de culto, que, cuando la ganancia y el beneficio económico se erigen en normas supremas de una sociedad, llega un momento que no se respeta nada ni a nadie).

 Luego, muy avanzada ya la mañana, los peregrinos reanudan su peregrinar y el veterano, que es andaluz, de un pueblo de casi diecisiete mil habitantes, reflexiona sobre la distinta condición de los pueblos del norte y del sur de España; porque Estella, con sus doce mil y pico habitantes, tiene una fisonomía urbana de la que carecen muchas ciudades del sur, bastante más grandes sin embargo.

 —Eso lo da la estructura de la propiedad —dice—. Aquí hay mucho pequeño y mediano agricultor y en mi tierra todo son latifundios.

 A poco hacen alto en el monasterio de Irache cuya iglesia cisterciense y claustro plateresco admiran.

 Cuando salen es casi la hora del yantar y comienza a apretar la calor. Entonces los peregrinos se lamentan de no haber comprado comida en Estella; porque frente al monasterio hay una fuente, mesas de piedra y buena sombra que desparraman copudos árboles sobre la hierba verde.

 —Ha sido un fallo —dice uno.
 —Hoy nos falla todo —contesta el otro—. Lo cargaremos en la cuenta del apóstol.

 Dos kilómetros más arriba comen en una cantina y duermen la siesta a la sombra de un muro, sobre la hierba, frente al Montejurra que resplandece al sol del mediodía con espléndido verdor.

 Aún en el calor de la siesta los peregrinos llegan a Los Arcos y bajo los del pórtico de la iglesia encuentran un campamento formado por varios grupos de caminantes y ciclistas que descansan esperando que pase el bochorno. Allí están los franceses de Puente la Reina, una chica con los pies vendados por las llagas del Camino; Juan, que dice que en el Camino se encuentran muchas cosas «que pueden servir»; una muchachita canaria luciendo en sus muslos morenos todo el sol de las islas (¿o acaso también del Camino?), de la que el peregrino menor dijo que estaba de mantequilla; unos durmiendo la siesta, otros conversando, un francés tañendo la guitarra. El resplandor que se cuela bajo los arcos subraya con colores enérgicos el abigarrado conjunto y la puerta plateresca de la iglesia pone una nota secular y nostálgica.

 Entonces llega, pisando ruidoso sobre las losas del pórtico, llevando la bicicleta del manillar, André Wilssens.

 —Bonjour —saluda.
 —Bonjour, monsieur. Est-ce que vous êtes français?
 —Pas français —dice y al instante puntualiza rotundo—: Flamand.

 André viene desde Amberes en bicicleta a un promedio de ciento treinta a ciento cuarenta kilómetros diarios, lo que certifica mostrando a los peregrinos su libro de ruta en que aparecen especificadas todas las etapas con el aval de los hoteles donde ha dormido y de las autoridades fronterizas. Hoy ha pasado la frontera por Saint Jean Pied de Port y pretende dormir en Viana; tiene cincuenta y seis años y se advierte enseguida que posee gran experiencia en este tipo de viajes por lo bien ajustado que lleva todo el equipaje sobre la bicicleta. ¡Y los peregrinos tenían sensación de ir como motos en relación a la gente que hace el Camino a pie!

 Poco después todo el campamento se agita y se pone en marcha.

 De nuevo en el camino, los peregrinos coinciden con dos muchachos gaditanos, de Ubrique uno de ellos, que son la antítesis del flamenco por el aspecto tan pintoresco que presentan, sombrero de paja incluido, y por las pesadas bicicletas que llevan. Con ellos entran en Torres del Río y visitan la iglesia de los Caballeros del Santo Sepulcro, románica, de planta octogonal, muy semejante a la de Eunate; pero con la importante novedad de que su bóveda se sostiene sobre cuatro pares de nervios paralelos entre sí, como las bóvedas de la mezquita de Córdoba, lo que ilusiona enormemente al peregrino mayor que recuerda cómo sólo en Almazán de Soria hay otra bóveda semejante, símbolo de la comunidad de los pueblos y de las culturas, a pesar de las guerras que los enfrentan. Fuera el sol delimita con geométrica sabiduría los volúmenes del templo.

 La carretera se ondula en suaves toboganes entre viñedos verdes y se entrecruza con el primitivo Camino (perfectamente señalizado en La Rioja con marcas amarillas), obligando a un continuo cambio de ritmo. En una de las cuestas los peregrinos pasan al flamenco que, cargado de kilómetros y de años, se retuerce con esfuerzo sobre la bicicleta (o porque los ciclistas belgas, salvo Eddy Merckx, nunca han subido bien), pero el hombre lleva tres platos en el eje de pedales y sabe jugarlos.

 Por una de las puertas de la muralla entran los peregrinos en Viana y enseguida se encuentran en la Plaza Mayor a la que da el ayuntamiento barroco y la formidable iglesia de Santa María que forman uno de los más impresionantes conjuntos arquitectónicos que los peregrinos han visto hasta ahora. A poco llega el flamenco y juntos entran en la iglesia por una portada plateresca monumental.

 Hay entonces un detalle que sorprende a los peregrinos y que tendrá su trascendencia: Mientras ellos dejan sus bicicletas en la plaza, muy concurrida entonces, el flamenco la lleva consigo metiéndola en el templo. Ya en  el interior recorren las naves góticas y se detienen ante el gran retablo renacentista. Luego, a la luz amarilla de la media tarde,  se hacen fotografías juntos, intercambian direcciones y, en tanto que André busca alojamiento, los peregrinos reponen fuerzas (la botella de yogur bebido se ha hecho costumbre) y recorren la calle Mayor en la que destacan numerosas casas blasonadas, como en todos los pueblos y ciudades que atraviesan, lo que hace pensar al peregrino en la antigua existencia (porque se advierte que muchas de estas casas ya no están ocupadas por sus primitivos propietarios) de una muy numerosa pequeña nobleza de hidalgos que sin duda fueron el soporte sociológico del carlismo.

 André no ha encontrado alojamiento en Viana y decide seguir hasta Logroño, adonde los peregrinos lo llevan a rueda por una carretera completamente llana; aunque no lo hubiera necesitado el flamenco porque llanea que es un primor. En la capital de La Rioja se despiden definitivamente y con el último sol los peregrinos se van a visitar la colegiata. Antes hubo otro detalle premonitorio: en la plaza del Mercado un hombre les advierte: «Si vais a entrar en la colegiata, no os dejéis nada aquí que os desaparece.» Así que con bicicleta y fardaje, como André, entran los peregrinos en el templo.

 Los peregrinos guardan un grato recuerdo de la buena acogida que tuvieron en la sacristía de la colegiata de Logroño donde una monja les firmó la credencial y un joven seminarista, Diego Avoy, muy simpático y atento, los guió por el templo mostrándoles sus principales tesoros: Una pequeña tabla con un calvario que, según todos los estudiosos, es de Miguel Angel; un Cristo gótico magnífico, la cabeza del siglo XIV y el cuerpo del XV, de tremendo dramatismo; una Virgen gótica de un maestro alemán de delicada sonrisa; otro Cristo articulado de Gregorio Hernández en urna de caoba, plata y nogal, «de muchísimo mérito» subrayaba con énfasis Diego, y la bóveda ovalada del tercer cuerpo de la iglesia (tres cuerpos tiene el templo: renacentista, la cabecera; gótico, a continuación, y barrocos, los últimos tramos) decorada por un pintor del siglo XVIII. Por su cuenta y riesgo el peregrino quiere destacar también una talla policromada de un maestro flamenco que representa una Epifanía con una Virgen preciosa de ojos rasgados y una monumental perspectiva de arquitecturas y arcos romanos magistralmente lograda por superposición de diversos planos, donde la exquisitez y el detallismo del último gótico se armonizan con el sentido espacial y la organización del renacimiento italiano. Los ventanales tenían vidrieras renacentistas una de las cuales presentaba un agujero del tamaño de una cabeza.

 —Ese agujero lo hicieron unos chavales con una escopeta de aire comprimido no hace mucho —explica Diego—. Los cogió la policía; pero, como eran menores de edad y de familias insolventes, los soltaron y no pasó nada.

 El vandalismo que no cesa.

 Luego los peregrinos encuentran alojamiento —desde el balcón que les ha tocado se puede ver al sesgo las torres barrocas de la colegiata, los tejados de algunas casas y el cielo malva poblado de golondrinas—, se duchan y bajan a cenar por las tabernas de la calle Laurel, "la senda de los elefantes", que en la hora crepuscular rebosan de gente joven que acuden a ver y a dejarse ver, todo un rito de muy variados matices.

 En uno de ellos, ante un corto de cerveza, una morena de ojos agarenos no aparta la vista del peregrino joven.

 —¿Sabes, socio —dice—, que si no fuera porque me duelen las piernas y estoy rendido esta noche me gustaría olvidarme del apóstol y ofrecer un sacrificio a Venus?
 —La próxima vez tenemos que venir al Camino en coche o en moto.
 —No sería mala idea.