Día
cuarto
—¿Te
fijaste en las tetas que tenía? —pregunta el peregrino joven nada
más despertar a las siete de la mañana del día 10
de julio.
—¿En
la tetas que tenía quién? —responde el veterano.
—¡Quién
había de ser! La morenita aquella que no me quitaba la vista de
encima.
—No,
no me fijé. Sólo me fijé en que tenía los ojos
preciosos.
—Bah.
Tú siempre tan lírico.
Al
salir de Logroño los peregrinos se encuentran con tres de los franceses
que llegan de Viana donde han pernoctado y suben juntos (el tiempo de calentar
las piernas aún muy pesadas con las cervezas de la noche anterior)
hasta un pequeño alto donde ellos se quedan a esperar a sus compañeros
que vienen más lentos.
La
primera escala del día tiene lugar en Navarrete.
Allí los peregrinos visitan la monumental iglesia de Santa María,
con gran retablo barroco, del siglo XV y tres ábsides renacentistas
con bóveda de cañón de casetones, impresionante por
la oscuridad que llena sus naves, en las que solamente un rayo de sol se
cuela por una vidriera y baja en diagonal hasta el suelo donde rebota y
se pierde en las sombras; que se abre por gran portada lateral barroca
de tres pisos, con una Asunción de la Virgen en el remate, a una
plazuela umbrosa de árboles y sonora de pájaros en la que
detenerse un instante es una delicia. Luego recorren la calle Mayor, que
también es rúa de peregrinos como en Puente la Reina, con
sus casas de piedra blasonadas, y la calle de Santiago hasta salir a la
carretera y dar en el cementerio del que les han dicho en el pueblo que
es digno de verse. Y lo es, en efecto; porque tiene por fachada la antigua
del hospital de peregrinos, románica, con capiteles muy sabrosos,
como el que representa a unos peregrinos dándole un tiento a la
bota mientras descansan y otro con un San Jorge combatiendo al dragón.
Justo
en el momento de abandonar el cementerio pasan por la carretera una pareja
de ciclistas a los que los peregrinos dan alcance enseguida; pero los muchachos
son alemanes y no hay posibilidad de entendimiento con ellos. Buen Camino
es todo lo que les pueden desear.
Nájera
la
fronteriza, la de los pleitos entre Castilla y Aragón, es otra ciudad
en la que es obligado detenerse; aunque hoy se encuentra muy transformada
por la actividad maderera, industria del mueble, que se ubica en ella y
que rompe el ritmo y la fisonomía del pasado histórico. (A
lo largo del Camino se percibe bien el destino dramático de estas
ciudades que, si renuncian a la modernización, se caen a pedazos,
huérfanas de la élite social y degradada la actividad económica
que les dio vida, y, si se modernizan, lo nuevo, generalmente horrible,
arrasa tanto lo viejo como lo antiguo y venerable). Algo queda sin embargo
de sus calles y templos; de sus casas de color terroso como los cantiles
de calizas arcillosas, veteados de mármol que, a la salida de la
ciudad antigua, dan sobre el Najerilla. Hay en ellos, por cierto, numerosas
grutas excavadas que al parecer estuvieron habitadas hasta el siglo XIV.
—¿Ah,
son viviendas trogloditas? —pregunta el peregrino.
—Bueno,
tanto como trogloditas no —responde la mujer que les informa.
La
parroquia de Santa Cruz de bóvedas barrocas, que guarda un patético
Cristo gótico del siglo XV con pelo natural, y, sobre todo, Santa
María la Real distraen el tiempo de los peregrinos. Santa
María la Real es panteón de los reyes de Navarra y capilla
rupestre de una preciosa virgen gótica, en cuyo claustro se armonizan
la verticalidad gótica y el grutesco renacentista; entre los sepulcros
que cobijan sus bóvedas destaca el de doña Blanca de Navarra,
magnífico sepulcro románico con un pantocrátor y un
apostolado de labra finísima y exquisito arabesco de pliegues que
en la otra cara representa la Epifanía y la degollación de
los inocentes.
Luego
de desviarse por el monasterio cisterciense
de Cañas (una beata explica a los peregrinos con cantinela monocorde
que la imagen románica del ábside es «una virgen sedente,
que quiere decir sentada») los peregrinos llegan a Santo
Domingo de la Calzada a la una de la tarde. Allí un vecino los
conduce amablemente, a lo largo de la calle Zumalacárregui, antigua
calle de Peregrinos, hasta la Casa del Santo, frente a la plaza Tejada,
actual hospedería de peregrinos, y al pasar ante el monasterio de
las Madres Bernardas comenta humorístico:
—Estas
señoras eran antes de clausura; pero hace unos años mudaron
su vida de siempre, pusieron un hostal y ahora se están llenando
de millones.
La
Casa del Santo, antigua casona hidalga en cuyo sobrado de viguería
de madera hay dos grandes dormitorios y un tercero más pequeño
donde se da cama a los que peregrinan a Santiago, pertenece y está
regentada por la Cofradía del Santo que se ocupa de socorrer a los
pobres y enfermos, y de acoger a los jacobitas en memoria de su patrón
Santo Domingo, fundador de la ciudad que lleva su nombre, según
se lo explica a los peregrinos don Ángel González Sánchez,
mayordomo actual de la Cofradía en la que se integran como hermanos
casi todas las familias de la ciudad.
La
Cofradía y la ciudad celebran sus fiestas patronales en mayo. El
día 10 desfilan y se sacrifican los carneros, donados por sus propietarios,
para el Almuerzo que se servirá el día 12, que han tenido
el singular privilegio «de pastear libremente por cualquier sitio
donde quieran; les comen a un tío la cebada o el trigo cuando están
pasteando y no les puede decir nada; los carneros tienen libertad para
andar por donde les parezca en el campo.» El día 11 tiene
lugar la procesión de las Doncellas que llevan, en un cestaño,
el Pan del Santo a los pobres y enfermos del Hospital.
| «El
12 es el día del patrón, el 12 de mayo —dice el mayordomo—;
el 12 de mayo que es cuando murió Santo Domingo y ese día
se conmemora; se hace la fiesta con el reparto del Almuerzo del Santo,
o sea, la misa a las cinco de la mañana, a las seis se hace la bendición
y luego se reparte a todo el pueblo y a todo el que esté en el pueblo
en ese momento que quiera ir a degustar del almuerzo que es a base de unos
garbanzos, unos carneros que se pasean sacrificados el día diez
y unas acelgas; en fin, un rancho que a las seis de la mañana parece
imposible que pueda uno comerse un rancho de garbanzos; pero ese día
sabe fabuloso, a esa hora además no sé que pasa que lo come
todo el mundo.» |
También
refiere el mayordomo a los peregrinos algunos de los milagros atribuidos
al Santo, particularmente el más conocido de todos ellos, el de la
gallina que cantó después de asada:
| «Cuenta
la historia de que un matrimonio venía de la parte de Alemania,
por Francia, por Roncesvalles, al Camino de Santiago, y con ellos venía
un hijo joven, de unos dieciocho o diecinueve años, y en el mesón
donde hicieron noche, una doncella que había en el mesón
se enamoró del mocete y, claro, el mocete, como iba en plan de fe
por el peregrinaje a Santiago, pues no le dio entrada a lo que la moza
quería; y la otra, de rabia, le metió unos cubiertos de plata
y unas vasijas en las alforjas, y cuando se fueron pues denunció
que habían robado los peregrinos los objetos esos (porque entonces
el hurto estaba condenado con la muerte, con la horca), y claro fueron
a echarles mano y mirarles las alforjas y vieron que tenían los
objetos y al chaval lo trajeron y lo ahorcaron; y los padres siguieron
a Santiago, y luego, al volver, aún estaba el hijo colgado; pero
resulta que aún estaba vivo; y al verle vivo fueron al corregidor
a decirle que estaba vivo su hijo, y dijo el corregidor que eso no podía
ser, que eso no podía ser, que eso le parecía imposible,
y dijo: "Eso será verdad si este gallo y esta gallina que nos vamos
a comer cantasen." Y entonces cantó el gallo y la gallina, y fue
y efectivamente estaba vivo el peregrino. Y por eso cuentan que en Santo
Domingo de la Calzada cantó la gallina después de asada.
Y hay en la catedral una pareja, un gallo y una gallina, que se reponen,
claro, para que canten allí, y hay un cuidador y todo que les lleva
el pienso y les da de comer.» |
La
conversación continúa más adelante:
—¿Y
vienen muchos peregrinos ahora?
—Antes
de ayer había aquí treinta, el domingo treinta y cinco; ha
habido hasta cuarenta y tantos.
—Es que
nos han comentado que en los dos o tres últimos años ha aumentado
muchísimo el número de gente que hace el Camino...
—Claro;
porque ahora las Autonomías quieren fomentar la ruta de Santiago,
y también la Comunidad Europea. Ahora hay un proyecto, y ya están
concedidos los dineros, para realizar unas reformas en la casa esta que
dicen que para el mayo próximo estarán terminadas...
—¿Y
no perjudicará esto al espíritu de la peregrinación?
—No le
sabría decir... Yo veo que la gente viene con mucha fe; llegan aquí,
reposan durante la noche y a la mañana siguiente se levantan a las
cuatro para empezar a caminar; aquí se han levantado a las cuatro
de la mañana para ir en una jornada a San Juan de Ortega, y la gente
va con mucha fe... Vamos, que no vienen de cachondeo.
Santo
Domingo es ciudad (una rica ciudad dedicada al cultivo del cereal y de
la patata de regadío —«Se hace un pozo y enseguida sale agua»
dijo el mayordomo de la Cofradía del Santo—, que da idea de su riqueza
el que para una población de unos cinco o seis mil habitantes tiene
dieciocho o veinte bancos) muy orgullosa de su catedral, que la de Logroño
no es catedral, un complejo templo, con admirable torre barroca exenta,
en el que han dejado su huella todos los estilos, desde el románico
hasta el neoclásico, que entre sus tesoros más significativos
guarda el sepulcro del Santo, diseñado por Felipe Bigarny, y el
célebre gallinero, labrado a finales del gótico, donde se
guardan un gallo y una gallina vivos en recuerdo del milagro del Santo.
Al
atardecer los peregrinos pasean por sus calles evocadoras y tienen ocasión
de saludar a la francesa de pómulos de manzana, a la pareja alemana
y a un grupo de madrileños que hacen el viaje en bicicleta, pero
con un coche de apoyo que les permite turnarse en el pedaleo. |