Día quinto
 
 
 

 A las ocho de la mañana, mientras ven el encierro de Pamplona, los peregrinos se desayunan con una tortilla riojana de pimientos y a las 8.15 inician de nuevo la marcha con el pensamiento puesto en el puerto de la Pedraja, por el que se sube a la Meseta, primer puerto de alguna importancia que habrán de pasar, en llegar al puerto antes de que el calor apriete.

 Los peregrinos hacen alto en Grañón, con cielo azul transparente y bullicio de golondrinas, y en Redecilla del Camino para ver la pila bautismal románica que allí se conserva; una pila labrada en un sólo bloque de piedra que representa la Ciudad de Dios («la Jerusalén celeste» dijo el párroco), una ciudad amurallada, en la que edificios, cubos y almenas de la muralla se repiten con ritmo igual, como los versos de un poema antiguo. En la calle Mayor de Redecilla del Camino el veterano observa una casona de piedra con gran escudo en la fachada, de la cual penden, casi tapando el escudo, unas sábanas puestas a secar, y piensa que la casa con las sábanas que ocultan el estandarte de su linaje forman un símbolo perfecto del destino degradado de muchas de las pequeñas ciudades y villas del Camino.

 PorBelorado Villafranca de Oca los peregrinos circulan sin detenerse (en Belorado han visto quedarse a la pareja de alemanes) dispuestos ya a atacar el puerto, que justamente atraviesa los Montes de Oca, que pasan sin ninguna dificultad, primero con un 20 —o sea, con una corona de 20 dientes en el piñón— y luego con un 23 para el tramo último; porque el temor de los peregrinos era que la carga tirase demasiado en las cuestas, pero después de cuatro días de marcha ya se han acostumbrado a ella y pedalean con la misma soltura que si no llevaran nada. Más aún, la subida ha sido muy agradable porque el tráfico no era excesivo, la temperatura a las diez de la mañana era todavía suave y el verdoso bosque de robles y hayas proyectaba su sombra refrescante sobre el asfalto. Del otro lado una fuente sirve de alivio a los peregrinos antes de desviarse y continuar por Santovenia a San Juan de Ortega.

 SanJuan de Ortega cae fuera de las actuales rutas y queda perdido entre bosques de robles.

 —El obispo no acaba de entender lo que yo hago aquí —dice el cura que regenta la iglesia y hospedería—; pero yo sí sé lo que me hago y de lo mucho o poco algo queda.

 San Juan de Ortega es fundación del santo del mismo nombre (levantado en acción de gracias por haber sobrevivido a un naufragio volviendo de Tierra Santa), como lo es Santo Domingo de la Calzada de su homónimo, y con la misma finalidad surge; pero no ha tenido la misma suerte y, alejado de la carretera general, hoy es un enclave perdido con el convento y la hospedería en ruinas, que precisamente se ha propuesto recuperar el cura (con mono azul y barba de dos o tres días, tiene más aspecto de mecánico desaliñado que de cura) que recibe y guía a los peregrinos.

 —Ayuda no tengo ninguna, porque aquí no se cobra nada a nadie y la gente es muy insolidaria —dice—. A esta hospedería han llegado profesionales liberales bien situados que no han soltado ni un duro. También es cierto que el año pasado estuvieron en ella unos alemanes y luego al pasar por Burgos ingresaron en la cuenta que tengo allí varios miles de pesetas. Hay de todo, pero en general la gente se beneficia de los servicios que damos y después no corresponde. Esto no es un hotel y, si no colaboramos todos, se viene abajo; claro, que yo estoy empeñado en que eso no suceda.

 El cura guía a los peregrinos por las distintas dependencias del conjunto: la iglesia, donde se levanta el mausoleo del santo diseñado porJuan de Colonia, con estatua yacente de Gil de Siloé, y financiado por el Condestable de Castilla, el de la capilla de Burgos, con ábsides románicos y transepto gótico, que los fondos no alcanzaron para levantar las naves. En uno de los capiteles del ábside de la izquierda hay una Natividad que en el atardecer de los equinoccios (a las cinco de la tarde, hora solar, de los días veintiuno de marzo y de septiembre) recibe el rayo de sol que entra por un ventanal frontero.

 —El efecto es muy bonito —dice el cura—, porque durante diez minutos el sol va lamiendo todo el capitel.

 Luego la cripta, donde se conserva un sepulcro con pantocrátor semejante al de Santa María la Real de Nájera, si bien no tan exquisito en la labra; un claustro herreriano admirablemente proporcionado, pero medio arruinado; el refectorio, que el cura quiere restaurar para hospedería, donde se almacenan unas rejas renacentistas; el patio del convento, pequeñín, del siglo XV. El resto no son más que ruinas y escombros.

 —Es una pena que todo esto esté así.
—La cultura, si no se puede manipular, interesa a muy poca gente.

 Así debe ser; porque de lo contrario no habría la desolación que se observa en muchos lugares.

 A su llegada a San Juan de Ortega los peregrinos habían saludado a otros dos peregrinos, profesores de EGB en Andújar, que se despedían del cura.

 —Pero vosotros en bicicleta no tendréis tiempo de ver nada —dice uno de ellos.
—Nos vamos deteniendo en todos los sitios —responde el veterano.
—No es lo mismo —insiste el andurense—. La vivencia que yo he tenido subiendo el puerto de la Pedraja, por en medio del bosque de hayas, no se me olvida a mí en la vida.

 El cura, sin embargo, argumenta que cualquier forma es válida para hacer el Camino.

 A las doce en punto los ciclistas reanudan la marcha hacia Burgos.

 —Desde aquí hasta Burgos hay tres caminos —les ha dicho el cura—: Uno va por Santovenia y la carretera que viene del puerto de la Pedraja; otro va por Agés y sale a la carretera de Irún por Olmos de Atapuerca, y el tercero sigue derecho el primitivo camino por Agés y Cardeñuela; pero éste sólo es para los que van andando. Si tomáis el camino de Agés, allí encontraréis una fuente de agua fresca.

 Los peregrinos toman la carretera de Agés Atapuerca porque las guías dicen que es el más próximo al Camino y por las resonancias históricas que esos dos nombres despiertan; porque entre Agés y Atapuerca (campos ondulados de trigo; a la derecha, al fondo, una hilera de álamos; a la izquierda, leves colinas de monte bajo) fue la batalla en que Fernando I de Castilla derrotó a su hermano García, el de Nájera, que este García, muerto en la batalla, fundó Santa María la Real, hijos ambos de Sancho el Mayor de Navarra, disputando por la posesión de la Bureba y la Rioja. Sic texit Parcas.

 En Agés los peregrinos beben el agua de la fuente y charlan un momento con una viejecilla de hermoso pelo blanco que descansa a la sombra, porque el sol ya aprieta.

 —Aquí ya no quedan mozos —dice—; todos se ha ido a Bilbao; algunos vienen para las fiestas, pero yo tengo un nieto que vive en Bilbao y quizá no habrá venido nunca. A los mozos ya no les interesa el pueblo, ni las fiestas, ni nada; los mozos de hoy ni quieren ni respetan nada.

 Cuando los peregrinos entran en Burgos un reloj marca las 13.16 y un termómetro 32 grados, pero la sensación de calor es asfixiante.

 Por la tarde, después de la siesta, después de una ducha reparadora, quizá la mejor ducha que se han dado los peregrinos hasta el momento, en la hospedería Dallas, frente al Puente de Santa María, desde donde se verían las torres de la catedral si no las taparan los copudos castaños que bordean el río Arlanzón, los peregrinos recorren la ciudad. La catedral primero, de donde sale una boda con ruido de cohetes y rociada de arroz, y la capilla del Condestable, donde se concentra todo el lujo exuberante del último gótico y el preciosismo balbuciente del primer renacimiento; donde los peregrinos no saben si admirar más el esplendor del arte (el veterano se entretuvo largos minutos ante el San Jerónimo de Diego de Siloé) o la megalomanía faraónica de aquel mausoleo levantado con la complicidad de la Iglesia sobre la miseria y el sufrimiento de miles de campesinos que trabajaron para que el Condestable de Castilla, don Pedro Fernández de Velasco, dejara recuerdo perdurable de su paso por el mundo.

 —Es evidente que aquel tiempo tenía otros valores —comenta el veterano— que los de hoy. Las inversiones tenían un destino distinto, porque la rentabilidad que se buscaba era distinta.

 Porque doña Mencía de Mendoza había prometido a su esposo el Condestable que, para cuando volviera de la guerra de Granada, levantaría «un palacio donde morar, una quinta donde holgar y una capilla donde orar, que sirviera luego para su enterramiento.»

 En el Espolón los peregrinos escuchan la Obertura de El barbero de Sevilla que interpreta una banda militar y ven pasar con paso apresurado —mochila, bordón y concha— a los peregrinos de Andújar. Llegan luego a las Bernardas y a San Lesmes y en una terraza se toman una cerveza con un pan de ajo exquisito, comprado en una "Boutique del pan", mientras observan un rato el ambiente del lugar, un refinadísimo ambiente, paseo de chicos y chicas a la ultimísima que acuden allí como a un escaparate donde lucirse.

 De vuelta por el Espolón la tarde barrunta tormenta y los peregrinos se recogen pronto, que al día siguiente quieren madrugar para que no les pille el calor en la travesía de la Meseta.

 Pero antes de dormirse el peregrino joven, que ha venido al Camino apenas sin tiempo de reflexionar sobre lo que el Camino significa, pregunta a su compañero:

 —¿Qué es para ti el Camino de Santiago? ¿Qué sentido tiene hacer hoy el Camino?
—Un encuentro con la ilusión y la fe de los hombres y mujeres que lo hicieron hace siglos. Digamos que un chapuzón en las aguas de la historia. También un reto deportivo; aunque eso, con ser importante, tal vez es lo de menos.
—¿Y qué podemos sacar de todo eso?
—Mira, lo más inmediato es que nos estamos divirtiendo. A mí me divierte mucho pedalear y llegar hoy a un sitio y mañana a otro; y ver una ciudad y otra; y contemplar este paisaje y el de más allá; y lo que más me gusta es cuando desayunamos a las siete y media y luego nos ponemos en marcha con el fresco de la mañana, que parece que todo es nuevo y no estuviera allí desde siglos.
—Eso tú porque eres muy lírico —arguye el joven.
—No es cuestión de lirismo —rebate el veterano—; sino de andar con los ojos abiertos y valorar las cosas. Es lo del tigre de Borges. Mi meta no es Santiago, sino el Camino; lo que el Camino me de cada día; encontrar lo que otros antes que yo encontraron y sentirme vivo y solidario con ellos. Porque en el fondo, aunque lo llamemos de formas distintas, todos buscamos lo mismo, a todos nos empuja el mismo afán y la misma necesidad.
—¿Qué buscamos?
—Sentirnos vivos entre los vivos.