Día sexto
 
 
 

 A las siete de la mañana ya están los peregrinos en la calle buscando un bar en que desayunar y no encuentran otro que el Fornos, que permanece abierto toda la noche les dicen, en la calle de la Merded, frente al río. Al entrar en él el peregrino mayor siente un instintivo malestar porque le da la impresión de que allí se ha reunido toda la macarrería burgalesa, tipos medio borrachos, medio maleantes que parecen desertores de cualquier ejército mercenario.

 —Me voy a poner aquí para no perder de vista la bicicleta —dice el veterano a su compañero.

 Como si le hubiesen pinchado el joven se levanta y sale a la calle: «¡Mi bicicleta! ¡Me han robado la bicicleta!», exclama enseguida.

 La bicicleta ha desaparecido; es inútil todo intento de encontrarla y, mientras, los clientes del Fornos, abierto hasta el amanecer, se ríen de la aflicción del peregrino.

 Pasado el primer momento de confusión (un momento hubo en que el joven, desmoralizado y escaso de dineros, pensó en abandonar) y perdida toda esperanza de recuperar la bicicleta, el peregrino menor (que es burgalés y nunca pensó que en su tierra le pudieran robar: «Burgos es la quinta ciudad de España con mayor delincuencia», les dice la Policía Municipal) acepta el reto y decide viajar a su pueblo, Medina de Pomar, a buscar una bicicleta prestada.

 —Hemos pecado de ingenuos —reflexiona el peregrino mayor—. Acuérdate de cómo el flamenco se metía en las iglesias con la bicicleta a cuestas y de lo que nos dijeron en Logroño. Hemos debido encadenar las bicicletas. Y luego hemos tenido la mala suerte de que el único bar abierto a esa hora fuera un nido de ratas. Yo lo olfateé; pero no supe reaccionar a tiempo.

 Y también recuerda cómo la francesa que conocieron en Puente la Reina, que tenía pómulos de manzana, le dijo en Santo Domingo que no harían noche en Burgos porque era una gran ciudad.

 Mientras el joven acude a la Policía a poner la denuncia del robo, el veterano vuelve a la catedral y a la capilla del Condestable atraído por el poder de aquella obsesión, por la magia de aquel arte y por el aliento de aquellas piedras. Al salir luego a la calle ve pasar un coche conducido por una muchacha que lo saluda al pasar; queda confundido un instante, pero enseguida recuerda.

 —¿Sabes a quién he visto pasar en un Renault rojo como el tuyo con matrícula de Tenerife? —le pregunta después a su amigo tratando de animarlo; y sin esperar respuesta añade—: A la morena que se enamoró de ti en Logroño.
—¿Estás seguro? —pregunta incrédulo el joven con una sonrisa que le ocupa todo el rostro.
—Estoy seguro. Ha sido ella la que me ha reconocido y me ha saludado con la mano.

 La excursión a Medina de Pomar, no por breve y apresurada, resulta menos agradable: Por el paisaje, por la misma ciudad de Medina, por la acogida de la familia, por la facilidad relativa con que se encuentra otra bicicleta. Pero esto es ya otra historia y debemos volver al Camino.

 
 
 
 

 Día sexto bis
 
 
 

 A las ocho de la mañana del lunes día 13 toman los peregrinos el coche de línea que los lleva de Medina a Burgos en dos horas. En Burgos llueve intermitentemente. Es preciso hacer algunas compras y poner a punto la nueva bicicleta («Esta bicicleta es un juguete para ti», dice el mecánico. «¿Pero me servirá?» pregunta alarmado el peregrino menor. «Te tiene que servir; aunque irás algo incómodo en ella.»), lo que demora a los peregrinos hasta las doce en que, luego de hacer acopio de energías en una bollería y de mirar al cielo que momentáneamente ha dejado de enviar agua, por fin pueden abandonar Burgos, contentos pero con rabia.

 En los primeros kilómetros, casi hasta Castrojeriz, los peregrinos acusan en las piernas agarrotadas el obligado descanso del día anterior y el joven, además, sufre en las rodillas los calambres que le produce el cambio de bicicleta. En Olmillos de Sasamón, cuyo castillo evoca vagamente el de Manzanares el Real, se detienen para ajustar mejor la altura del sillín. Continúan luego hasta encontrarse —un crucero señala el punto del encuentro de la carretera y el camino— con el viejo camino que viene derecho desde Burgos. (Por tierras de Burgos, junto a la carretera, hay indicadores que ponen "Camino de Santiago" tachados con pintadas reivindicativas —"MENTIRA"—, porque la carretera se ha desviado muy al norte del Camino. También los peregrinos encuentran que, en todos los paneles explicativos firmados por la Junta de Castilla y León, el nombre de León aparece tachado, y cuando entren en León encontrarán la situación contraria: Son las consecuencias del pasteleo de los políticos). A partir de entonces la carretera, muy estrecha, se confunde con el Camino y atraviesa un páramo de cerros blanquecinos y campos de trigo, colinas de cal y piedras blancas, un páramo tremendamente desolado donde el invierno debe azotar con fuerza. Pasan luego los peregrinos por las ruinas góticas del convento del San Antón, el Camino y hoy la carretera pasa bajo la bóveda de crucería de su porche, y finalmente llegan a Castrojeriz dominado por las ruinas de su castillo.

 A la entrada del restaurante donde los peregrinos se detienen a comer encuentran dos bicicletas cargadas con petates semejantes a los que llevaba el flamenco correcaminos.

 —Serán de otros belgas —comenta el joven.

 Son de dos franceses, abuelo y nieto —el abuelo en torno a los setenta y el nieto de no más de quince—, que vienen de Amiens por París y Vézelay y han pasado la frontera por Roncesvalles, que nada más comer, sin un instante e reposo, se ponen en marcha de nuevo. Inmediatamente después de su partida rompe una tormenta con fuerte aguacero y aparato eléctrico.

 —Pues les ha pillado en mitad de la carretera —comenta el joven.
—Sí, les ha pillado; pero se les veía muy bien preparados. Si vienen desde Amiens no creo que ya les asusten las tormentas.

 Después de la tormenta, con el sol brillando en las piedras mojadas, los peregrinos acuden a visitar Santa María del Manzano.

 —Ayer vinieron muchos extranjeros —les dice Laura, de cinco años, que corretea en la calle.
—¿Y hacia dónde iban?— pregunta el peregrino.
—Pa'llá —contesta Laura extendiendo el brazo en dirección a poniente.

 La colegiata de Santa María del Manzano es un templo de transición entre el románico y el gótico con gran retablo barroco que tiene pinturas de Mengs.

 —Esta iglesia se hizo porque un chico estaba en un pueblecito que llaman Balbases —explica Vicente, el guía—; allí tenía familia, fue allí a veranear y se puso malo; pues su madre, que era vecina de aquí, dijo: «¡Coño, cómo no lleváis al chico a la Virgen del Manzano que hace muchos milagros!» Lo trajeron aquí y la Virgen lo curó; nada más salir a la calle estaba curado; y entonces su madre, en el 1214, empezó a hacerla; tiró la que había, que era una capilla pequeña; la tiraron y empezaron a hacer esto que es del siglo XIII. La Virgen se llama de Almazán o del Manzano, es de piedra policromada y la donó Fernando el Santo.

 Luego el templo se llenó de retablos, esculturas y cuadros barrocos con la protección de sus patronos, los condes de Hinestrosa y de Castrojeriz, representados en sendas tribunas a un lado y otro del altar mayor, «que eran los mandamás; entre el rey y ellos empezaron a hacer, a hacer, a hacer...»

 —El pueblo está muy decaído —dice Vicente—; tiene mil quinientos habitantes y sólo los peregrinos le dan un poco de vida; se ve al personal que viene, tal y cual; pero cuando llegan se marchan. A mí me da pena. Cuando vienen ¡oh, qué alegría! y después enseguida se marchan. ¿Pero para qué os marcháis? Sí que me da un poco pena; los ves así, les coges... ¡y que se marchen! Debieran quedarse aquí tres o cuatro meses. Ayer estuvieron aquí un grupo de extranjeros y cantaron; ellos ven las iglesias y después cantan en su lengua.

 Los peregrinos están encantados con las explicaciones de Vicente y la compañía de Laura; pero no hay más remedio que decir adiós, o hasta siempre, y volver al Camino. La carretera continúa por una llanura interminable sembrada de cereal, sin ningún árbol; a la derecha queda Ítero del Castillo con su torre; más lejos, sobresaliendo del horizonte, recortándose sobre las últimas nubes de la tormenta, se ve otra torre; la carretera parece trazada con tiralíneas y el peregrino recuerda la exclamación de un personaje de Valle-Inclán: «¡Señora, en Castilla no hay curvas!»

 —Échate a la derecha que viene un coche —avisa el peregrino joven que va a rueda del veterano.

 Pasa el coche y al pasar saluda con un toque de bocina; es un Renualt rojo con matrícula de Tenerife.

 —Ahí va tu enamorada —dice el veterano riendo.

 El límite entre Burgos y Palencia, que el río Pisuerga marca, lo pasan los peregrinos por un hermoso puente gótico en un paraje que parece detenido en un tiempo lejano. Detenida sobre el pretil del puente está la muchacha del coche rojo con una cámara fotográfica de largo teleobjetivo que dispara al paso de los ciclistas.

 —Cuando venga a darte la fotografía, no podrás negarte a nada de lo que te pida —le dice el veterano al joven.

 Llegan los peregrinos luego a Boadilla del Camino y hacen alto un momento en una plazuela con aguda algarabía de golondrinas y zumbido inquietante de avispas que preside un rollo, una especie de picota, del siglo XV. Y allí encuentran al grupo de franceses, que parten al instante hacia Frómista, donde, al encontrarlos de nuevo, se hacen ya obligadas las presentaciones: Los ciclistas franceses son Elizabeth, Babeth para los amigos, la chica de pómulos de manzana que se lavaba los pies en una pileta en Puente la Reina, Cristine, Patrick, François y Mathieu, que lleva una guitarra en la bicicleta, y hoy se han incorporado Elisabeth y Françoise.

 La carretera ha continuado entre campos de cereal con horizonte de leves altiplanos, mesas de cal talladas sobre el zócalo de arcillas por donde discurren los ríos.

 Sobre el muro de San Martín de Frómista se apoyan innumerables mochilas y bicicletas, y en su interior un numeroso grupo de franceses escucha las explicaciones de un guía. Los ciclistas deambulan por el templo admirablemente restaurado: Tres naves de cuatro tramos desde el transepto que concluyen en tres ábsides; en el crucero cúpula sobre trompas con los símbolos de los evangelistas; pilares con columnas adosadas; capiteles diversos, entre ellos el de bolas jaqués y otro de canastilla semejante a los de Silos; friso de billetes… 

 Y de pronto los sorprende el canto de los peregrinos franceses que se han agrupado en el crucero y cantan:
 

Dum pater familias 
rex universorum,
donaret provincias, 
ius Apostolorum; 
Iacobus Hispanias
lux ilustrat morum. 

Primus ex Apostolis 
martir ierosolymis
Iacobus egregio 
sacer est martyrio.

Herru Sanctiagu 
got Sanctiagu 
eultreia, e sus eia 
Deus, adiuva nos. 

Iacobi Gallaecia
opem rogat piam 
glebae cuius gloria
dat insignem viam, 
ut precum frecuencia 
cantet melodiam. 

(Estribillo

Iacobo dat parium
omnis mundus gratis; 
ob cuius remedium
miles pietatis
cunctorum praesidium
est ad vota satis.

(Estribillo)

Iacobus miraculis
quae fiunt per illum,
aretis in periculis
acclamet ad illum
quisquis solvi vinculis
sperat propter illum.

(Estribillo)

O beate Iacobe
virtus nosra vere,
nobis hostes remove.
Tuos de tuere,
ac devotos adhibe
nos tibi placere.

(Estribillo)

Iacobi popitio,
veniam speremus;
et quas ex officio
merito debemus
patri tam eximio
dignas laudes demus. Amen.

(Estribillo)

 Es un canto precioso, del que sobresale la voz solista de una muchacha, una voz de plata, de vidrio de La Granja, como si fuera un ángel, que los ciclistas escuchan emocionados y gozosos de haber tenido aquella oportunidad única.

 En Frómista no queda sitio en el albergue, ni en las pensiones al parecer, y el párroco recomienda a los ciclistas que continúen hasta Villalcázar de Sirga o Carrión de los Condes donde hay dos albergues vacíos.

 —No son más que veinte kilómetros y vosotros llegáis allí en un momento —dice—. Además, Carrión es muy bonito de noche.

 Son las siete de la tarde, luce el sol y los peregrinos aún no están cansados; por lo que sin más averiguaciones, luego de tomarse una breve merienda, deciden volver al Camino. Cuando salen, se cruzan con el Renault rojo que entra.

 El pedaleo se ha hecho ya fluido después de la pesadez de la mañana y los ciclistas mueven con facilidad un 52:17 (es decir, 52 dientes en el plato y 17 en el piñón, con lo que en cada pedalada la rueda da 52/17=3,06 vueltas y la bicicleta avanza 6,39 metros), aunque el peregrino menor, que acostumbra a pedalear con más agilidad que potencia, suele poner desarrollos más cortos. La llanura pasa veloz, la temperatura es agradable y la rápida marcha produce una gloriosa embriaguez.

Villalcázar de Sirga sorprende inesperadamente a los peregrinos, porque en principio pensaron seguir sin parar hasta Carrión, con un magnífico templo románico de transición, Santa María la Blanca.

 —¿Cómo una iglesia tan grande en un pueblo tan pequeño? —pregunta Patrick, uno de los ciclistas franceses que llegan cuando el veterano y el joven salen.
—Son las cosas del Camino —responde el veterano.
—Este pueblo tiene ahora trescientos habitantes —les ha dicho el guía que les ha mostrado la iglesia—; pero hace veinte años llegó a tener hasta mil doscientos.

 La portada del templo se abre en el extremo sur del transepto con doble friso: un Pantocrátor rodeado del tetramorfo y de los doce apóstoles arriba y una Epifanía debajo. El templo es de tres naves que aumentan a cinco en el transepto; en el presbiterio hay un gran retablo de madera policromada de Manuel Álvarez de Palencia de la escuela de Berruguete, y la capilla contiene los sepulcros, góticos en piedra blanca policromada, del infante don Felipe, hijo de Fernando III el Santo, y de su segunda esposa doña Leonor. Finalmente la Virgen Blanca, porque blanca es también la piedra, se halla adosada a una columna próxima a la anterior capilla.

 —Esta es la Virgen que inspiró a Alfonso X el Sabio las Cantigas en loor de Nuestra Señora —explica el guía.
—Fíjate lo que nos habríamos perdido si pasamos de largo como tú decías —comenta el joven admirado—. Cuando se viaja hay que olvidarse un poco del programa y estar atento a lo que sale.
—Eso tenlo en cuenta para cuando nos encontremos otra vez con la canaria del coche rojo —responde de buen humor el veterano—. Que esa te viene persiguiendo.

 En Villalcázar de Sirga hay un albergue de peregrinos donde reparten una sopa boba; pero a los ciclistas, que no llevan avío de dormir, les urge llegar a Carrión. Y a la carretera vuelven cuando oscuros nubarrones comienzan a amontonarse por la parte de Carrión precisamente, lo que les obliga a pedalear como si desputasen una contrarreloj. La tormenta estalla con formidable aguacero a las nueve de la tarde, justo cuando los peregrinos encuentran un hostal.