Día
séptimo
En
la mañana del séptimo día, 14 de julio, fresca y nublada,
los ciclistas visitan la iglesia de Santa
María del Camino que les muestra amablemente su párroco,
don José Mariscal, y firman en el libro de peregrinos. Don
José reconoció un día el camino hasta Calzadilla
de la Cueza y describió así el páramo:
Paramera
de trigales,
de cebada
caballar,
de centenos
y de avena;
y para
ya de contar...
Todo
con sed retrasada
gritando
su sequedad.
Ni abril,
ni mayo trajeron
la lluvia
primaveral...
Cantueso,
tomillo, aulagas, |
verdor
denso de juncal
que mantiene
la esperanza
entre
tanto sequedal.
Y vengan
monotonías
de horas,
de días, sin más
que la
ruta por delante
y la
ruta por detrás.
Sólo
la esperanza en vilo,
como
áncora en alta mar. |
Que
la imagen es perfecta lo experimentaron ya los peregrinos atravesando el
páramo burgalés y lo volverán a experimentar en el
de León.
Luego
los peregrinos admiran el impresionante Pantocrátor de la iglesia
de Santiago, de la segunda mitad del siglo XII que anuncia ya el naturalismo
del gótico, y junto a la iglesia de Belén se asoman a un
mirador sobre el Carrión desde donde se ve el río manso y
cristalino trazando meandros, una densa y umbrosa chopera, cantiles de
margas y, al fondo, el monasterio de San
Zoilo.
Un
vejete que anda por allí les explica obsequioso:
—El
monasterio se llama así porque lo fundó San Zoilo, que fue
un monje cordobés que vino a estas tierras cuando los reyes de Castilla
lo canjearon a un Mohamed que había por allá, en Córdoba,
un moraco que lo tenía preso. Y en esa chopera que hay ahí
enfrente tuvieron lugar las lides entre los caballeros del
Cid y los condes de Carrión
para vengar la afrenta hecha a las hijas del Cid.
De
salida los peregrinos se detienen un instante para admirar el claustro
renacentista, con estructura gótica, de San Zoilo.
—En
este monasterio hubo hace años un colegio de jesuitas que Ramón
Pérez de Ayala describe en su novela A. M. D. G. —dice
el joven—. Hace en la novela una crítica muy dura de la enseñanza
jesuítica y estuvo prohibida durante el franquismo.
En
el claustro bellísimo del monasterio encuentran casualmente al cura
párroco de Santa María de Viana, don Ramón Azcona,
que recorre con un amigo las provincias de Palencia, Burgos y Santander,
lo que aprovecha el joven para preguntarle por qué en la torre el
hueco de las campanas está cubierto con una reja semejante a la
que cubre las ventanas de los conventos, que tanto le intrigó:
—Eso
era para proteger al campanero cuando volteaba las campanas —dice el cura.
PorCervatos
de la Cueza la tierra
se hace rojiza y rojiza es la torre cuadrada sobre arco ojival que los
peregrinos dejan a su derecha, anuncio ya de las torres de Sahagún.
En Quintanilla de la Cueza (el río Cueza es compañero de
viaje) alcanzan a los ciclistas franceses, que han compuesto con algunas
prendas de colores la bandera de su país para celebrar así
la fiesta nacional del 14 de julio; pero los dejan para desviarse hacia
la villa romana próxima, que la curiosidad de los peregrinos no
tiene fronteras cronológicas.
A
pocos kilómetros de Sahagún,
sobre una cuesta desde la que se divisa ya la ciudad, los peregrinos encuentran
a Elisabeth muy pálida que, apoyada en el manillar y con la cabeza
baja, trata de recuperarse de una pájara. Incomprensiblemente sus
compañeros la han dejado sola y han continuado hasta Sahagún.
Así los ciclistas se detienen con ella un momento y luego intentan
llevarla a rueda; pero la chica no conoce esa técnica fundamental
en el ciclismo y ellos se limitan a pedalear a su lado.
A
las
puertas de la ciudad, otra vez con el sol pegando fuerte, se produce una
nueva separación y los peregrinos marchan a visitar las iglesias
mudéjares de San Tirso y San Lorenzo, de torres cuadradas recocidas
de soles, de perfiles geométricos esculpidos sobre el azul intenso
del cielo, de arquillos de herradura de resonancias andalusíes,
en cuyo porche se vuelven a encontrar a los franceses que cantaron en San
Martín de Frómista (mientras comían bajo uno de los
pórticos con columnas de madera de la Plaza Mayor, han visto pasar
con amplio sombrero de paja a la muchacha de bellísima voz que interpretaba
los solos). Al momento el peregrino joven se entera de que los franceses
son un grupo de alumnos de Historia del Arte que viajan con su profesor
y descubre, indiscreto, que su compañero también es profesor
de la misma disciplina, lo que da lugar a que el francés venga de
inmediato a saludarlo.
—Bonjour,
ça va?
El
profesor
francés (rostro agudo, nariz larga y melena redonda) parece sacado
de una pintura del siglo XV, explica Arte Medieval en la Universidad de
Aix-en-Provence, y recorre el Camino con sus alumnos deteniéndose
particularmente en los monumentos artísticos. Esta mañana
han hecho andando el tramo entre Frómista y Carrión, y luego
han venido hasta Sahagún en un pequeño autocar de apoyo que
los acompaña. Los ciclistas comentan las incidencias que han tenido,
particularmente el robo de la bicicleta en Burgos, y el francés
les cuenta entonces que a dos peregrinos que venían de Marsella
a caballo les robaron los caballos al pasar la frontera por Roncesvalles.
Luego
de despedirse los ciclistas se dan cuenta de que no les han preguntado
por el canto que entonaron en Frómista.
—Los
veremos otra vez y entonces se lo preguntamos —dice el joven.
A
quienes retornan a ver es al grupo de Babeth, la muchacha de pómulos
de manzana, que descansa en una chopera a orillas del Cea. Los peregrinos
salen de Sahagún y atraviesan el río por un puente gótico;
justo a la derecha están los ciclistas franceses y los peregrinos
se acercan a despedirse de ellos. La despedida se hace muy emotiva porque
los franceses entonan en su honor varias canciones:
—C'est
une chanson espagnole, porque queremos cantar con los españoles
—dice Babeth.
Y
cantan unos versos de Santa Teresa (Nada te turbe, nada te espante:/ quien
a Dios tiene nada le falta./ Nada te turbe, nada te espante:/ sólo
Dios basta.), excesivamente místicos para el gusto de los peregrinos,
y otras canciones de encantadora sonoridad, particularmente en la voz de
Elisabeth:
Prends le temps
ecoute un peu le vent
prends le temps
de poursuivre le vent
encore un peu de temps
et tu n'auras plus le temps.
Le temps de vivre sans détour
le temps de vivre par l'amour
l'amour que reste Û inventer
comme ta liberté.
Finalmente
les regalan un ejemplar de su cancionero con dedicatoria incluida: «Bonne
route pour Santiago. Ce fut un plaisir de nous faire doubler par de si
gentils pellerins. Hasta la vista.»
Au
revoir.
DesdeCalzada
del Coto, a pocos
kilómetros de Sahagún, el Camino sigue recto hasta Mansilla
de Mulas; la carretera, sin embargo, se desvía hacia el sur por
Gordaliza del Pino y Castrotierra hasta la general de Valladolid a León
y ese tramo se les hace a los ciclistas insufrible. En Sahagún,
adonde llegaron hambrientos, han comido demasiado y ahora sufren ardores
de estómago que les dificulta la marcha; además sopla viento
de cara y el paisaje, sin un árbol a la vista, es de una desolación
absoluta.
Al
fin
la carretera general se anuncia en el horizonte como un río de camiones;
pero al llegar a ella nada cambia a mejor. El viento se pone de costado
y la cinta de asfalto, sin una curva y en obras, parece interminable. Así,
cuando a las siete de la tarde los ciclistas llegan a Mansilla
de Mulas están agotados, particularmente el joven que no ha
dado un relevo en los diez últimos kilómetros.
—Esperemos
que no aparezca la canarita —bromea el veterano.
Tampoco
la recepción en el pueblo parece muy afortunada: El dueño
de un bar donde toman un refresco no sabe nada de hostales ni pensiones,
como si no fuera de allí. Un barbero al que preguntan por una pensión
les responde preguntándoles si tienen material de acampada.
—Si
tuviéramos material de acampada, preguntaríamos por el campamento
y no por una pensión —replica el veterano a quien el cansancio no
le deja entender el pasmo de la gente del pueblo.
El
párroco, a quien encuentran a poco, les dice despreocupado y distante
que la acogida de peregrinos es cosa del Ayuntamiento que les deja un antiguo
local de Correos donde hay un lavabo.
Por
último encuentran alojamiento en una pensión junto a la carretera,
el peor alojamiento hasta el momento, y luego de la ducha refrescante pasean
por el pueblo con barrunto de tormenta. Mansilla de Mulas tiene una Plaza
Mayor soportalada muy irregular, los restos de una antigua muralla y una
iglesia románica cerrada. |