Día
octavo
No
se llevan los peregrinos buen recuerdo de Mansilla de Mulas, a pesar de
los soportales de la plaza y de las murallas, cuando a las ocho y media
de la mañana atraviesan el puente sobre el Esla en ruta hacia León.
Van además cansados porque la noche ha sido sonora de camiones y
ya se sabe que los ciclistas suelen decir que las carreras se ganan en
la cama; así que los primeros kilómetros los hacen reposadamente
(llevan en la barra y sobre las alforjas un tenderete con ropa recién
lavada que la noche no ha secado) hasta que desde un alto, a las 9.16 horas,
divisan la antigua capital del reino de León
y las agujas de la catedral; entonces meten plato grande y se dejan llevar
por la querencia.
Como
André, el flamenco, los peregrinos entran en la catedral llevando
las bicicletas de la mano, las dejan atadas en un rincón oscuro
y pasean las naves del templo transportados a otro tiempo y a otro espacio
—el tiempo y el espacio que dicen habita la gloria de Dios— por la magia
indecible de los esbeltos pilares, de las altas bóvedas y de las
vidrieras policromadas. San Isidoro,
sin embargo, ata al hombre a la tierra y lo encierra en los límites
exactos de su humanidad angustiada con la geometría euclidiana de
sus volúmenes y el equilibrio perfecto de sus proporciones, con
la temerosa lobreguez de sus naves, donde otra vez, como en Torres del
Río, los peregrinos hallan la unión de dos culturas que lidian
en los campos de batalla y disputan en las cátedras de teología;
porque los dos grandes arcos que se abren sobre el crucero son polilobulados,
como los de la maqsura de la mezquita de Córdoba, y la pequeña
puerta de los pies del templo tiene arco de herradura, también como
en Córdoba, como en el mihrab de la mezquita.
A
la entrada de San Isidoro los peregrinos se han encontrado otra vez a los
estudiantes franceses que cantaron en Frómista.
—¿Qué
canto es el que cantasteis en San Martín?
—Es el
Canto
de los peregrinos flamencos o canto de Ultreia que el monje
Aymeric incluye en su códice, el "Codex Calistinus".
—Comprendido.
Dice
el profesor de Aix-en-Provence que han pasado la noche allí mismo,
ante la puerta de San Isidoro, y que ha sido muy bonito, a pesar del frío
de la madrugada. Piensan quedarse un día más en León,
porque León tiene mucho que ver, y el veterano les recomienda que
no dejen de acercarse al hostal de San Marcos, antiguo hospital de peregrinos.
Ante
su fachada plateresca y barroca cruzan los peregrinos cuando abandonan
la ciudad en dirección a Astorga.
Pasado
León los ciclistas ruedan con más facilidad y van dejando
atrás un páramo, donde abundan cuevas abiertas en pequeños
taludes, que ya comienza a verdear y ha dejado su nombre en la toponimia:
Villadangos del Páramo, Santa María del Páramo...,
igual que el Camino: Trobajo del Camino, San Miguel del Camino, San Martín
del Camino. Sopla un airecillo fino que hace temblar a los peregrinos pensando
en lo que por allí soplará en invierno. Hospital
de Órbigo y el puente romano (llamado del "Paso
Honroso" porque el caballero leonés Suero de Quiñones
lo defendió con nueve fieles durante treinta días, rompiendo
ciento setenta y siete lanzas, en el verano de 1434 para librarse de la
prisión de amores en que lo tenía una dama) quedan a la derecha;
pero los peregrinos pasan de largo sin detenerse porque el joven acaba
de romper dos radios de la rueda trasera.
Como
León también Astorga, Asturica
Augusta, se divisa desde un alto en medio de una vega verdeante que domina
desde su atalaya.
Mientras
buscan alojamiento coinciden con el abuelo que conocieron en Castrojeriz
y dejaron en Frómista, que les dice que han hecho el trayecto entre
Frómista y León en una sola jornada.
—¡Son
un montón de kilómetros! —se sorprende el peregrino.
—N'y
a pas de problème —dice el viejo—. C'est tout plat.
—¡Coño
con el abuelo! —exclama después el joven—. Que es todo llano dice.
Y nosotros llegamos ayer reventados con sólo cien kilómetros.
En
el restaurante coinciden con cuatro peregrinos de Valdemoro que caminan
a la media formidable de cuarenta kilómetros diarios, que tomaron
el Camino Navarro el día 2 y esperan llegar a Santiago el 24.
—Hoy
ha sido un día de descanso porque sólo hemos hecho treinta
kilómetros —dice uno de ellos.
—Lo que
nos pasa —dice otro— es que cometimos el error de sacar por anticipado
la vuelta por avión; con lo que ahora tenemos que llegar a Santiago
el día 24 sin falta y vamos con la lengua fuera.
—Bueno,
lo que pasa es que no puedes cogerte el mes de vacaciones para ti solo
y abandonar a la mujer y a los hijos —dice un tercero—. Si no fuera por
eso, iríamos más tranquilos.
La catedral
de Astorga, después de haber visto la de León por la
mañana, deja una sensación de frío; el frío
que producen todos los neoclasicismos aunque se inspiren en el gótico.
También clasicista, pero del Renacimiento, manierista, es el retablo
mayor de Gaspar Becerra, con una Asunción de la Virgen de estudiado
retorcimiento y cuatro alegorías de las virtudes en forma de señoras
opulentas, a lo Miguel Angel; y en una capilla lateral una Inmaculada de
Gregorio Hernández, austera y sola. En el museo de la catedral los
peregrinos admiran la arqueta de San Genario, regalo de Alfonso III, del
siglo X, un arcón románico con pinturas de comienzos del
siglo XIII y el Cristo de los Rubíes, una pequeña joya del
siglo XVIII.
Fuera,
ante el Palacio Episcopal de Gaudí, que más parece un decorado
de cartón piedra para una opereta con princesa encantada, los peregrinos
encuentran a los madrileños que conocieron en Santo Domingo de la
Calzada. Se les ha incorporado Lourdes de ojos color de uva que viste una
falda india floreada.
—Vamos
a continuar un poco —dicen a las ocho de la tarde— para restar kilómetros
a la etapa de mañana que es muy dura.
Estos
chicos no saben que es mejor tomar el puerto con un poco de distancia para
calentar los músculos, piensan los peregrinos al verlos partir y
guardan en la mirada la mirada de los ojos jerezanos de Lourdes.
También
aparece la pareja de alemanes, Claudia y Georg, que vienen de Colonia y
dicen hacer el Camino por múltiples razones: religiosas, deportivas,
artísticas, culturales...
—¿Y
vosotros por qué hacéis el Camino? —pregunta el joven a los
de Valdemoro que de nuevo aparecen por allí.
—Yo porque
me ha liado éste —contesta rápido uno.
—Yo no
lo sé —dice el aludido, Paco—. Hoy he escrito en mi cuaderno de
bitácora que no sé por qué me he metido en esta aventura.
Por una locura ha debido ser.
—Por
una locura bien gorda —dice otro—. El otro día, cuando veníamos
por ese páramo de León en el que no se ve un pueblo ni un
alma, todo llano, todo recto el camino, sin más horizonte que los
campos de trigo y cebada, que no se acababa nunca, con la mochila clavándote
al suelo y el sol fundiéndote los sesos, era horrible.
En
Astorga también hay Plaza Mayor porticada y allí descasan
los peregrinos un rato mientras se toman una botella de yogur y una bolsa
de leche. Luego van al taller a recoger la bicicleta averiada.
—Ya
puedes llevar cuidado con esta bicicleta —le dice el mecánico al
joven—; tiene el cuadro roto y soldado, y en cualquier bache fuerte se
te puede romper.
Si
llegaremos a Santiago...
Mientras
buscan un lugar donde cenar, entre la plaza Mayor y San Bartolomé,
en cuyo interior rococó escuchan una fuga de Bach interpretada al
órgano («No sé si es de Bach; pero lo parece»,
dice el veterano), encuentran un pequeño monumento con una lápida
que conmemora el hermanamiento de todas las ciudades que fueron Augusta
en la vieja Hispania: Lucus, Caesar, Emérita, Brácara y Astúrica.
Que es otra manera de atar el pasado y evitar la hemorragia incesante del
tiempo. Entonces aparece la muchacha del coche rojo con matrícula
de Tenerife.
—Hola
—dice—. En Frómista os perdí la pista.
—Salíamos
cuando tú llegabas.
—No os
vi.
Pasean
y cenan juntos. La chica se llama Angela, es profesora de la universidad
de La Laguna y está preparando una tesis sobre la iconografía
del Camino.
—Santiago
es una transposición de la Jerusalén Celeste, de la Civitas
Dei —dice—. Y el Camino es la vida. Peregrinar a Santiago era un intento
desesperado de asir lo inasible, de materializar lo evanescente. Cada cual
lleva, llevaba, su camino dentro; hay muchos caminos, tantos como caminantes,
y todos, o casi todos, son válidos.
De
sobremesa traban relación con David M. Gitlitz, profesor de español
en la Universidad de Binghamton del Estado de New York, que hace el Camino
con un grupo de sus alumnos.
—Es
la tercera vez que hago el Camino —dice—. La primera fue en el 72 y todo
era completamente distinto. Entonces aún se conservaba el Camino,
aunque no estaba señalizado como ahora; pero no había nadie
en él y la gente te miraba muy extrañada. Luego, en el 79,
todo había cambiado; la concentración parcelaria había
borrado las antiguas lindes y los campesinos se habían comprado
una moto y habían dejado de andar, con lo que los caminos desaparecieron
y todo era un laberinto. Ahora esto parece una feria; pero nosotros vamos
por los campos, lejos de las nuevas urbanizaciones y de las carreteras.
Hemos salido el día 2 de junio, hemos pasado el puerto de Somport
porque el paisaje es muy bonito, porque tiene un fuerte poder evocador
caminar pisando las viejas losas de la antigua calzada romana que allí
hay, y no tenemos ninguna prisa. Algunos de los chicos dicen que se aburren;
pero a mí el Camino nunca me aburre. Me puedo cansar; pero nunca
aburrirme; porque cada día es distinto y distinta la luz de cada
hora y distinta la espiga de trigo o de cebada o de avena. Todavía
tengo que volver otra vez, allá para el 94 ó el 95 volveré,
después de la Exposición y del Año Santo; porque el
Camino tiene un hechizo que me arrastra. Llega un momento, cuando estoy
durmiendo, que me despierto y oigo el chas chas de las botas; entonces
sé que tengo que volver al Camino.
—Demasiado
lírico —comenta luego el joven.
—Pero
fue muy bonita la explicación que dio.
En
el mismo restaurante el grupo de Valdemoro se proveía de bocadillos
para la jornada del día siguiente.
Hacia
las doce el cielo se ha quedado sin estrellas.
—¿Adónde
llegaréis mañana? —pregunta Angela.
—A Cacabelos
tal vez.
—Os esperaré
allí —dice y en su sonrisa y en sus ojos brillan siglos de coquetería.
En
la habitación de la pensión, apagada ya la luz, el veterano
comenta:
—Pues
es verdad que tiene buenas tetas.
—Ya te
lo dije —contesta el joven adormilado. |