Día
noveno
Amanece
el 16 de julio nublado con nubes que vienen de Poniente.
—Pero
no lloverá —dice la posadera.
—Esperemos
que no llueva.
En
el cafetín donde desayunan coinciden los peregrinos con los estudiantes
norteamericanos, que también se disponen a salir y aprovechan la
ocasión para charlar un momento con Linda que dice cómo le
encanta la variedad de los pueblos y paisajes, y la viveza y humanidad
de las gentes de España.
—Porque
en New York la gente no mira a la gente; la gente pasa con la mirada fija,
perdida, como autómatas—. Y al decirlo los ojos azules de Linda
relampagueaban.
—No dejéis
de pararos un momento en El Ganso y en Rabanal del Camino —aconseja el
profesor.
Bordeando
la muralla romana los peregrinos salen hacia Rabanal del Camino y el puerto
de Foncebadón. A poco empieza a llover menudo.
—Pues,
aunque aquella mujer dijera lo contrario, vamos a tener agua.
La
carretera, que se confunde con el Camino, muy estrecha, esta mañana
es un rosario de gente que camina enfundada en chubasqueros y capas impermeables.
Al llegar a Santa Catalina de Somoza los peregrinos encuentran a los madrileños,
que allí han vivaqueado, desayunando bajo un porche.
—¿Queréis
una taza de café?
—Venga
una taza de café —que, aunque las piernas se enfríen con
la parada, es bueno que el corazón se caliente un momento con la
mirada de los ojos ambarinos de Lourdes.
El
Ganso es
una aldea que aún se conserva viva, con calles empedradas y casas
de piedra con tejados de pizarra. Rabanal
del Camino, en cambio, a pie de puerto, tenía un aspecto desolado,
acaso por la lluvia que en ese momento caía con cierta fuerza.
—Pero
ya viene claro, por allí viene claro —dice uno de los del grupo
de Valdemoro que los peregrinos encuentran refugiados en el albergue.
El
albergue es una broma porque sólo tiene un mal entarimado, cuatro
muros que se caen y un techo a través del que se ve el cielo; aunque,
si no aprieta la lluvia, se puede estar en seco. A poco, efectivamente,
deja de llover y los peregrinos buscan quien les selle la credencial, lo
que hace la mujer del cartero y jefe de la oficina local de correos a la
puerta de una casa que más parece de labranza que de correos.
—¿Tiene
muchos kilómetros el puerto? —preguntan.
—Seis
kilómetros —dice—; a la salida del pueblo empieza.
Cuando
salen llegan los madrileños.
Ha
dejado de llover, pero ha empezado a soplar un viento fortísimo
de cara que frena a los ciclistas como si fuera una mano invisible. La
subida es suave pero el viento la endurece terriblemente y obliga a los
peregrinos a meter el piñón más grande y a levantarse
sobre el sillín.
—¡Ale!
¡Arriba! —grita Lourdes cuando los pasa en el Simca azul que
llevan los madrileños.
—¡Animo,
que vais muy bien! —repite junto a las casas de Foncebadón donde
se ha detenido a esperar a su grupo.
Foncebadón,
y Manjarín un poco más
arriba, que otrora fuera importante estación de peregrinos, es hoy
una aldea abandonada cuyas casas, muy semejantes a las pallozas de los
Ancares, muro de piedra seca y techo de paja, se arruinan irremediablemente.
La soledad, el silencio y el tiempo tempestuoso dan al paisaje y al lugar
una tristeza infinita; casi se oye el rumor de los siglos; el rumor de
las botas de los miles, millones, de peregrinos bullidores que por allí
han pasado buscando un destino siempre incierto, buscando la imposible
manera de amarrar el destino.
Entre
Foncebadón y Manjarín está la Cruz
de Ferro sobre un montículo de piedras de varios metros que
han ido formando los peregrinos en el transcurso del tiempo.
—En
la mochila llevo una piedra de mi pueblo para echarla en la Cruz de Ferro
—dijo Paco, el de Valdemoro.
Algo
más allá de Manjarín las aparatosas antenas de una
base militar señalan el punto culminante del puerto, aunque desde
Foncebadón la carretera discurre por un falso llano en continuo
ascenso que parece no tener fin. Enfundado en un impermeable amarillo completo
camina un caminante abrumado por una enorme mochila.
—Français?
—Non,
anglais.
Pero
a partir de la base militar comienza la bajada. Y allí, al borde
de un talud, los peregrinos se detienen un momento para admirar el paisaje
desolado y desierto, como de una tierra olvidada, y las montañas
amarillentas que se yerguen al fondo. «Los calores de abril y mayo
son los que quemaron esos pastos, que no cayó ni una gota de agua
durante esos meses», les dirá un pastor en El Acebo. La niebla
que comienza a extenderse acrecienta, si cabe, la rara sugestión
del entorno.
Entonces
aparece el Renault rojo de Tenerife; desciende Angela de él
y hace varias fotos a los peregrinos.
—Estaré
en Cacabelos —dice y tan repentina como ha llegado se marcha dejando solamente
el eco luminoso de su sonrisa.
Enseguida
comienza a llover y el asfalto de la estrecha carretera se llena de baches
(«Esta carretera era buena, pero la estropearon las máquinas
que subieron a hacer la carretera de Prada» dirá el pastor
de El Acebo), con lo que el descenso se hace peligrosísimo y los
ciclistas bajan con mil precauciones, presentes en el pensamiento las palabras
del mecánico de Astorga. A la entrada de El
Acebo pincha el peregrino menor; aunque no por los baches de la carretera,
sino porque las cabezas de los radios le dan en la cámara.
—Desde
luego si con esta bicicleta llegas a Santiago es porque el Apóstol
está contigo —dice el veterano.
La
calle Mayor de El Acebo hay que pasarla andando porque está imposible.
Sigue lloviendo. A poco los peregrinos encuentran a Casimiro Morán
Núñez, pastor de ovejas, que toca la flauta al borde de la
carretera.
—Yo
mismo he hecho la flauta —dice—; y ahora estoy haciendo otras para mis
nietecillos.
—¿Quedan
más pastores por aquí?
—No,
señor; sólo somos siete vecinos.
Molinaseca
está a pie de puerto y tiene un bonito puente medieval; pero sigue
lloviendo y los peregrinos sólo piensan en llegar a Ponferrada ya
por una carretera en buen estado.
Llueve
también en Ponferrada, que
es una antigua ciudad transformada por la industria; mal lugar tal vez
para quedarse, piensan los peregrinos con el recuerdo de Burgos continuamente
presente. Enseguida dan con la fachada barroca del Ayuntamiento, muy semejante
al de Astorga, donde el veterano sella la credencial; luego deciden dar
una rápida vuelta por la ciudad, tomar un tentempié (son
las 12.30) y continuar hasta Cacabelos. Pero entonces aparece el Simca
azul que pilotan Lola y Lourdes.
—¡Hola!
—saludan—. ¡Vaya marcha que lleváis! Hemos querido alcanzaros
y no hemos podido.
—Es
que hemos puesto el turbo para bajar.
—Os
invitamos comer.
—Oye,
socio, que nos invitan a comer.
—Si
esa es la voluntad del Apóstol, bendita sea su santa voluntad
Que
más tiran dos ojos setembrinos que dos carretas. Pero el refugio
ponferradino está cerrado (hasta ahora el único refugio digno
de ese nombre, por lo que los peregrinos han sabido, es el que en Santo
Domingo regenta la Hermandad del Santo) y no se puede cocinar; de modo
y manera que las chicas y los ciclistas de uno y otro grupo (entretanto
han llegado los madrileños y ha dejado de llover) acaban apacentando
sus estómagos en un modesto restaurante.
—¿Y
qué hacéis ahora? —preguntan las chicas en la sobremesa.
—Seguimos
hasta Cacabelos.
—Que
tengáis buen viaje.
Ha
dejado de llover, pero la calzada aún está mojada; los peregrinos,
enaltecidos por los ojos que dejan y alentados por los ojos que esperan,
salen por el Paseo del Sacramento; de pronto aparece la señal del
paso a nivel del ferrocarril de Escombreras; el veterano, que marcha en
cabeza, se levanta un poco sobre el sillín, pero enseguida advierte
que los raíles sobresalen del asfalto y cruzan muy en diagonal la
calzada; siente el peligro, piensa torcer a la izquierda para tomarlos
normalmente, pero al mismo tiempo considera que el tráfico es regular
y puede ser arrollado por algún coche; no tiene tiempo de pensar
en más; la rueda delantera resbala sobre el raíl de hierro,
la bicicleta se desequilibra y el veterano cae hacia la izquierda; el joven
tropieza y cae encima de él («¡Coño! ¿Qué
le pasa a este tío? ¡Si mi colega no se puede caer!»
piensa en ese instante el joven); un coche que conduce una mujer apenas
tiene tiempo de frenar para no atropellarlos.
El
veterano ha sentido un fuerte golpe en la mano izquierda y en el pómulo
del mismo lado; pero se levanta como impulsado por un resorte, se mira
la mano dolorida y ve que el dedo meñique se le ha salido de su
dirección habitual.
—Esto
se ha terminado —dice entonces a su compañero.
—¡No
me jodas! —exclama el joven cuando ve al veterano salir con la mano vendada
y en cabestrillo de las salas de urgencias del hospital la Seguridad Social.
—Todos
los días se cae ahí algún ciclista —les ha dicho el
guardabarreras del paso a nivel—. Lo hemos advertido muchas veces, pero
no arreglan ese paso. Esta mañana se cayó un ciclista que
también iba a Santiago y ayer mismo una pareja de holandeses.
—¿Te
duele mucho?
—No
es la mano lo que me duele —contesta el veterano al borde de las lágrimas.
—Te
has caído en el paso a nivel de las Escombreras —adivina el muchacho
que atiende el despacho de billetes de la estación de Renfe—. En
ese paso me he caído yo dos veces. Todo el mundo se cae en ese paso.
—Seguro
que el flamenco no se ha caído —comenta el veterano a su compañero
(semanas después sabrán que André, el flamenco, llegó
sin novedad a Santiago el día 15, justo el día de antes)—;
pero al menos me queda el consuelo de saber que no soy el único
tonto que se cae.
En
otra circunstancia quizá habría saltado, como normalmente
hacen los ciclistas, como él ha hecho en otras ocasiones; pero el
peso de las alforjas le impidió esa reacción.
—Si
no es por el casco, te abres la cabeza —dice el joven—. ¡Vaya golpe
que tienes en la ceja!
—¿Podré
seguir hasta Santiago? —pregunta el veterano al traumatólogo que
le venda el dedo roto.
—No
creo que puedas —contesta lacónico el médico.
Y
el veterano, que con la anestesia no siente el dedo, pero lo advierte hinchado
bajo el vendaje, tiene la sensación de que todo a su alrededor se
hundiera de pronto y se acuerda del comentario que en Burgos le hizo a
su compañero: «La meta no es Santiago; la meta es el Camino.»
Pero nunca se pierde la ilusión de llegar.
—Seguro
que hubo muchos peregrinos que no llegaron nunca, que perdieron incluso
la vida en el Camino.
—Seguro.
El
joven duda entonces entre seguir a Santiago o acompañar a Madrid
al veterano.
—Tú
sigue a Santiago y no te preocupes por mí —le dice el veterano—.
Aunque yo no llegue, el equipo tiene que llegar; ahora el equipo eres tú
solo. Además —añade socarrón—, alguien te espera en
Cacabelos. Pero ten mucho cuidado con esa bicicleta que llevas. ¿Quieres
llevarte la mía?
Pero
el joven no quiere y a las dos de la madrugada del día 17 dice adiós
al veterano, que vuelve a Madrid, desde el andén de la estación
de ferrocarril de Ponferrada. |