A
MODO DE INTRODUCCIÓN
El día
23 de octubre de 1987, por iniciativa del Consejo de Europa, y en colaboración
con el Gobierno español, se tomaron en Santiago de Compostela una
serie de medidas orientadas a recuperar el viejo Camino de Santiago como
vehículo para «una mejor toma de conciencia de la identidad
europea».
(De los
periódicos.) |
En
el año 813, durante el reinado de Alfonso
II de Asturias, siendo Carlomagno emperador del Sacro Imperio
Romano, el resplandor de una luz misteriosa, como una estrella (Campus
Stellae se llamará luego al lugar), permitió descubrir,
en un monte de la antigua diócesis de Iria Flavia (Padrón),
el sepulcro que según la tradición contenía los restos
de Santiago el Mayor. Inmediatamente
el rey ordenó construir sobre la tumba una pequeña iglesia
consagrada al Apóstol, otra dedicada a Cristo Salvador luego y una
casa para una comunidad de benedictinos. Más tarde se levantó
otra casa para los canónigos y un palacio episcopal. Así,
en poco tiempo, con la protección del rey y del obispo, Santiago
se convirtió en un importante burgo, sede de una bulliciosa comunidad
de artesanos, comerciantes y posaderos que se beneficiaban de los peregrinos
que del resto de las Españas y de Europa llegaban allí.
Pero
el auge del Camino sobrevino con el siglo XI, repuesta ya Europa de las
sucesivas avalanchas de las invasiones y en trance de rapidísimo
crecimiento y expansión que claramente testimonian el inicio de
las cruzadas en el final del siglo.
Llegaban
los peregrinos a través de Francia por cuatro vías que, pasados
los puertos pirenaicos de Roncesvalles y Somport, se reducían a
dos, los caminos navarro y aragonés, y en Puente la Reina, a orillas
del río Arga, venían a juntarse en una sola, el Camino Francés,
el Camino por excelencia, que por La Rioja, la Meseta y Galicia llevaba
hasta
Santiago de Compostela. En Navarra Sancho
III, el Mayor, acondicionó los pasos, facilitó la construcción
de albergues y favoreció el tránsito de los que de Francia
pasaban hacia Santiago.
Continuadores
de esta política de apertura a Europa fueron sus nietos Sancho
I de Aragón y Alfonso VI,
rey de León y de Castilla, quien llegó a emparentar con nobles
borgoñones. Para entonces el Camino se había llenado de burgos,
hospitales y hospederías que hacían más fácil
el viaje de los peregrinos; en los burgos habían aparecido numerosos
barrios de francos, que todos los que llegaban de allende el Pirineo eran
francos y franquicias se llamaron las exenciones y libertades de que gozaban,
otorgadas por los reyes para hacerles ventajosa y atractiva su instalación
en el territorio, necesitados como estaban Alfonso VI de repoblar su retaguardia
(eran los días del gran avance cristiano hacia el sur y de la conquista
del reino de Toledo) y Sancho Ramírez de preparar la ofensiva sobre
el Ebro. Franco era también el primer arzobispo de Santiago, Diego
Gelmírez, que a comienzos del siglo XII alentaba las obras del
actual templo y se convertía en el principal propagandista del Camino
y reorganizador de la vida pública en Santiago y toda Galicia.
La
iglesia catedral de Santiago
de Compostela, construida entre 1078 y 1124, es símbolo, suma
y compendio de todo el fervor y entusiasmo que levantó el Camino,
de su arte —el románico— y de todas las influencias que el Camino
aportó a los reinos y pueblos de España.
«Su
planta de cruz latina compónese de tres naves, con cabecera que
contiene la capilla central, semicircular, reseguida por girola. Su alzado
destaca por la esbeltez de proporciones; las bóvedas son de cañón
en las naves centrales y de arista en las laterales y su mayor novedad
constructiva, impuesta por la enorme y continua afluencia de peregrinos
visitantes, la ofrece el triforio que corre sobre las naves centrales y
la girola, dando así vuelta a todo el templo. Es un edificio que
no revela titubeos respecto a los problemas que presentara su edificación.
Sus antecedentes son San Hilario de Poitiers, San Marcial de Limoges y
Saint Benoit-sur-Loire» (José Pijoan).
Luego
su ejemplo revierte a Europa y permite la construcción de San Saturnino
de Toulouse, con lo que el Camino se nos revela como gran arteria que vivifica
y alimenta a toda la comunidad europea, y hace llegar a los reinos cristianos
de España, aislados en su lucha secular contra el Islam, las costumbres
y modos de sentir del resto de la cristiandad occidental.
En
el siglo XII el Camino alcanza su máximo esplendor con la terminación
del templo, la concesión papal del jubileo y la proclamación
de esta peregrinación de categoría igual a las de Roma y
de Jerusalén. Lo confirma la aparición de la primera guía
del peregrino, el Códex Calistinus,
obra del clérigo Aymeric Picaud
atribuida al papa Calixto II, que
concedió el jubileo y era hermano por cierto de los yernos francos
de Alfonso VI. Eran tan grandes las multitudes que circulaban en esta época
por el Camino que, según escribió el embajador del sultán
almorávide Ali ibn Yusuf, apenas dejaban libre la calzada hacia
Occidente.
En
la Baja Edad Media aún se mantiene gran parte de este esplendor
y prueba de ello son la construcción de las grandes catedrales de
Burgos y León, hitos fundamentales de la ruta. Pero en el siglo
XVI, con la Reforma y la secularización de la cultura, comienza
la decadencia del Camino como ruta de peregrinación y a finales
del siglo XVIII desaparece.
Hoy,
sin embargo, el Camino parece renacer; Europa parece que intenta recuperar
sus señas de identidad, extraviadas en los cataclismos del siglo
XX, a partir del Camino, acaso porque en el Camino comenzó la grandeza
de Europa. Creemos, no obstante, que el Camino ya nunca será lo
que fue; porque los modos de vida han cambiado. Ha cambiado la fe y la
esperanza; aunque el corazón de los hombres sigue siendo el mismo,
el de un ser menesteroso necesitado del contacto y relación con
otros seres para encontrar un sentido a su vida.
Así,
entendemos, lo hemos descubierto en el Camino, que el Camino puede ser
un valioso lugar de encuentro y reflexión entre personas de distintas
culturas que avanzan impulsados por una misma inquietud, por una misma
duda, por un mismo afán. Por eso hemos redactado estas páginas.
También
pensamos que somos hijos de la historia, que nuestra vida asume y resume
la historia de nuestro pueblo, de nuestra comunidad o nación, que
en nosotros viven y alientan los hombres y mujeres que transitaron por
el Camino, que amaron y padecieron en el Camino, y peregrinar a Compostela
de nuevo es salir a su encuentro y encontrarse con ellos, con sus afanes
y anhelos, que son nuestros anhelos y afanes; es retornar a las raíces
de nosotros mismos en un abrazo solidario con quienes hicieron el pasado
y a nosotros nos hicieron. Por eso hemos hecho el Camino. |